A no poder comprar casa se suma no encontrarla donde naciste

 

 

Miguel del Río | 26.04.2026


 

 

 

 

Los alquileres turísticos no es un tema cerrado. Va por episodios, y a peor. Al principio solo se hablaba del daño que está práctica podía generar a las empresas especializadas en turismo, dado que es el gran ingreso anual con que cuenta la economía española. No poner coto al despropósito nos hace vivir tiempos en los que alguien nacido en un lugar concreto, no tiene casa que comprar y en la que vivir. Se debe a que el mercado inmobiliario lo copan foráneos dedicados a quedarse todo tipo de casas y pisos en los que no habitan, pero dedican al alquiler vacacional. Desde luego, un gran negocio para unos pocos y pobreza inaceptable para muchos.

 

Visionario como pocos, Le Corbusier legó maravillas arquitectónicas a la humanidad, proyectando edificios que respondían a las necesidades de una sociedad que quería avanzar en la paz, dejando atrás los desastres de dos guerras mundiales. Por eso simplificó como nadie lo que supone una casa, desde el mismísimo nacimiento de un nuevo ser humano que la habite: “Debe ser el estuche de la vida, la máquina de la felicidad”. Así lo definió este genio y estoy completamente de acuerdo, salvo porque este siglo XXI está cambiando reglas de paz y modernidad por retroceso en la convivencia dentro de ciudades y pueblos, en los que unos disfrutan de ese “estuche de la vida” y otros no. Lamentable. Nos encontramos con que ahora hay demasiados obstáculos, empezando por una feroz avaricia, para quitarle a muchas personas ese bienestar de no tener un techo bajo el que vivir.

Es lo que pasa cuando el egoísmo se antepone a la solución de un grave problema social, como es la vivienda. Tampoco se ven decisiones apropiadas por parte de Gobiernos y Administraciones. Incluso se ha llegado al despropósito de que no puedas vivir siquiera en el pueblo donde has nacido y trabajas. Ya está ocurriendo en España. El descontrolado tema del alquiler turístico genera auténticos disparates. El peor surge de que nazcas en un lugar, quieras vivir en él, y te topas con que no puedes comprar nada, por los altísimos precios. Pero es que además los inmuebles que hay son adquiridos por foráneos, para convertir pisos y casas en destino turístico vacacional. Para algunos es riqueza, pero se está generando pobreza e injusticia social.

Yo lo veo como otra forma consentida y torpe de despoblar los pueblos. Si los compran propietarios que no viven en ellos, y los que son sus habitantes censados tienen que irse, porque nadie les alquila o vende una vivienda, menudos sosos veranos que se pueden tirar allí los turistas, en zonas sin alma, que han perdido su identidad y, sobre todo, a sus lugareños. Se habla mucho del despoblamiento, pero menos de que entre todos estamos contribuyendo a ello, empezando por ausencia de medidas legales que impidan abandonar a su suerte a las gentes que forman parte de zonas rurales, a las que hay que ayudar, pero no a base de turismo invasivo.

Está dando la sensación de que todo vale para acoger turismo y ganar dinero. Tan mala práctica se está dando en muchos puntos de la península, creando malestar creciente (turismofobia), porque no hay iniciativas que busquen el equilibrio entre los que viven en un lugar y los que llegan a él para estancias cortas. A algunos desde el Gobierno, se les llena la boca con el término sostenibilidad, para luego cruzarse de brazos.

En Cantabria hemos conocido una noticia al respecto: “Cabuérniga se transforma en destino vacacional mientras sus vecinos no encuentran dónde vivir”. Nada mejor que preguntar a quienes padecen el problema y oír de su boca el por qué y señalar culpables. Evidentemente, lo tachan de locura. Denuncian que no se puede asimilar estos pueblos, por los altísimos precios que exigen, con la calle más céntrica y cara de una gran ciudad como Madrid. Vamos, que lo que se pone a la venta no vale lo que se pide, pero la voracidad del negocio ha llevado a tan lamentable situación de desesperación para demasiadas personas. Por cierto, ya que cito a la capital de España, en Cantabria se da la circunstancia de que muchos de los introducidos en este chollo inmobiliario son madrileños. Quien dice Cabuérniga, puede mirar a otros muchos puntos de la región. No hay casa para los de aquí, porque las compran los de fuera, para no habitarlas, y solo hacer negocio en fin de semana y periodos vacacionales.

Esto clama por una legislación clara que revierta todo el malestar generado en puntos rurales. No es de extrañar así el aumento de voces que piden controlar el turismo, las afluencias masivas, y la dedicación de casas en que deberían habitar familias, a menesteres de ocio, que de paso dañan también al sector turístico de hoteles, posadas y resto de instalaciones con dichos fines.

Charles Édouard Jeanneret-Gris, en realidad Le Corbusier, con el que he empezado, está considerado padre de la arquitectura moderna. Su ideario de vida se apoyaba en principios claros y respetuosos. Lo esencial para él eran los pilares, que ahora hay que traducir en valores. A continuación, y no menos importante, fusionar una construcción con el entorno, su identidad, y los habitantes, que hoy hay que traducir en el derecho que tiene toda persona a vivir bajo un techo seguro. Pilares, derechos y sostenibilidad es precisamente lo que merma en España. Y en cuanto a ciudadanos, queda claro que ya los hay de primera y de segunda. Lo genera la diferencia entre tener o no tener un estuche de la vida.

 

 

Miguel del Río