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Falsa educación. La verdadera educación

 

 

 

24 mayo, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Falsa educación

«El objeto de la educación es enseñarnos a amar lo que es bello», decía Platón a los antiguos griegos.

Por lo tanto, una educación sin amor, sin trascendencia, es rebajar al hombre al estado de libro, o peor aún, de máquina que almacena información.

Y este es uno de los defectos más evidentes de la pseudoeducación postmoderna. Un sistema «sumativo» que incentiva a los jóvenes a memorizar sin entender en profundidad, miles de datos que olvidarán horas después de ser evaluados... Que les exige sumar, y sumar notas altas, que les abran campo hacia los más prestigiosos centros de educación superior, donde en la mayoría de los casos, en su búsqueda por una especialización —parafraseando al doctor Plinio Correa de Oliveira—, ¡aprenderán cada vez más, sobre cada vez menos, hasta que sepan absolutamente todo sobre nada!

Este tipo de «educación sumativa especializada» no es realmente formativa porque no abarca al ser humano por completo, cuerpo y alma, mente y espíritu. Su único objetivo es crear especialistas, piezas que se encajen en un engranaje específico del mundo laboral, pero que carecen de una formación integral, de vocación y de cultura. Como verdaderas máquinas, hombres y mujeres sin moral, sin religión, sin tradición, sin verdadero pensamiento crítico, preparados simplemente para acoplarse al materialista, globalizado y egocéntrico «mundo moderno».

En semejante panorama ya no entra en juego la vocación... ¿Cumplir con el papel en la sociedad para el cual Dios creó a cada ser humano? Suena incluso extraño o ridículo para muchos.

Y resulta que donde no hay vocación no hay verdadera caridad, no hay amor... y como resultado, es triste decirlo, tenemos una sociedad hecha de mercenarios en todos los campos, desde la educación, la salud, la política, el comercio... incluso en la religión.

La educación actual presenta una tendencia cada vez más acentuada a fomentar el narcisismo, camuflado de «realización personal», siendo en realidad lo que pocos se atreverían a describir como egolatría.

No se enseña el recto amor propio, que consiste en querer nuestro máximo bien, que es asemejarnos cada vez más a quién fuimos hechos a imagen y semejanza.

Y así, cada vez más, bajo el pretexto de favorecer la autoestima de los estudiantes o darles ánimo para llegar alto, se está fomentando de forma absurda el Ego de los mismos. Y al mismo tiempo se les miente diciendo, a veces de forma implícita, que todos somos iguales en todo y que tenemos las mismas capacidades. Cuando en realidad «no hay nada más ‘desigual', que un trato igualitario a personas desiguales», como dice Thomas Jefferson.

Personas poco informadas muchas veces se dejan llevar por sistemas educativos que por querer parecer avanzados incluyen en su propuesta pedagógica la implementación de aparatos como tabletas y computadores..., etc., desde tempranas edades, para así preparar a los hombres y mujeres del mañana a enfrentar un mundo dominado por las máquinas...

Muchos caen ante esta ilusión por ignorancia, o simplemente por querer mostrar un estatus, y pasan por alto o ignoran que numerosos estudios científicos han demostrado que la exposición de niños a estos aparatos es altamente perjudicial es sus procesos de aprendizaje.

No es por nada que, por ejemplo, los hijos de muchos de los «cerebros» de Sillicon Valley, el lugar más icónico de la tecnología mundial, mandan a sus hijos a centros educativos con cero tecnología. Según un reportaje del diario Le Monde, muchos de los hijos de los hiperconectados empleados de Google y Apple, envían sus hijos a escuelas donde no hay TV, ni Computadores... solo tiza y pizarras, y donde se les enseña a tejer, coser y hornear pan. ¿Curioso no? Por algo será....

Los métodos de enseñanza suelen ser altamente defectuosos en la actualidad, para empeorar la situación, si analizamos el contenido de lo que se enseña en nuestros centros educativos, desde los escolares hasta los universitarios, ahí se pone realmente preocupante la situación.

Aquí el tema es demasiado amplio y polémico. Ya que entran en juego muchas ideologías e incluso la religión. Por ejemplo, la visión tan parcializada que se presenta de la Historia, en que lo más común es que se enseñen leyendas negras, como la española, con el claro objetivo de denigrar indirectamente una institución que está por detrás, la Iglesia católica.

Recordemos que la educación moderna es heredera del más riguroso cartesianismo, que se ha desarrollado con el tiempo en las formas más radicales de escepticismo, que derivan en materialismo, promoviendo de esta manera en una ruptura implícita entre la fe y la razón. Hemos sido educados para creer que solamente es real aquello que nuestros sentidos captan, y que no es digno de valor ni de crédito aquello que sobrepasa nuestro entendimiento. Recordemos el famoso dicho de Descartes: «Pienso, luego existo».

 

La verdadera educación

Decía G. K. Chesterton que «...la educación es simplemente el alma de la sociedad que pasa de generación en generación». Y cuentan que cierta vez le preguntaron a Napoleón Bonaparte, ‘¿A qué edad se debe empezar a educar a los hijos?' a lo que respondió muy acertadamente, que 100 años antes de que nazcan.

Por lo tanto, educar es transmitir una llama, que vive por medio de la tradición y que podríamos identificar como cultura. Una llama que puede crecer o apagarse con el pasar de los siglos, y que da vida e identidad a una sociedad verdaderamente sana.

Una educación que fomenta la imaginación, la creatividad, y el deseo de cosas cada vez más altas, pues «...la verdadera educación, es como una historia sin fin... Una cuestión de continuos inicios, de habituales y frescos comienzos, de una persistente novedad» J.R.R. Tolkien.

Pero, principalmente, una verdadera educación debe fortalecer y buscar el crecimiento de la parte más noble del ser humano, el alma. Y esto se debe hacer principalmente en el núcleo familiar, pero también con el apoyo de las instituciones educativas, y de todos los ambientes que influyen en la formación del ser humano.

«Educar la mente sin educar el corazón, simplemente no es educación» (Aristóteles).

«La educación sin valores solo convierte al hombre en un demonio más inteligente» (C. S. Lewis).

Una verdadera educación no se limita a instruir el intelecto, si no que busca formar integralmente, enseñando costumbres, modos de comportarse y de trato que eleven el ser humano. Lo prepara a desempeñar su vocación en la sociedad, al mismo tiempo que le anima a buscar la santidad.

Es bueno destruir y borrar ese burdo concepto de que la educación termina en el momento en que la persona adquiere un título universitario.

La verdadera educación nunca termina, comienza en esta tierra de exilio, donde se nos debería guiar para adquirir la verdadera sabiduría que viene de lo alto, que Dios da a los que realmente la desean.