Cartas al Director
El tesoro de mi príncipe
El sueño de un reino de virtud resplandeciente, un príncipe incorruptible y unas joyas tan extraordinarias que sólo podían pertenecer al mundo de la ilusión
“Los sueños son maravillosos porque jamás nos preguntan si algo es verdad;
les basta con que resulte lo suficientemente extraordinario.”

César Valdeolmillos Alonso | 26.05.2026
Lo que voy a relatar ocurrió únicamente en mi sueño. Lo aclaro desde el principio para tranquilidad de juristas, heraldos, inquisidores y verificadores profesionales de la realidad. Como pronto podrá comprobar el lector, lo que aquí se cuenta no pudo suceder más que en mi ensoñación. Aunque debo reconocer que hay sueños tan refinadamente absurdos que, durante unos segundos al despertar, uno llega a sospechar que quizá la realidad simplemente intenta imitarlos.
Anoche terminó mi vigilia bajo el extraño embrujo que producen ciertas maravillas cuando se instalan en la imaginación y se niegan a abandonarla. No eran las preocupaciones habituales las que me robaban el sueño —las facturas, el paso del tiempo o esa dolorosa evidencia de que el café de nuestra infancia sabía infinitamente mejor que el de ahora—, sino el recuerdo de unas joyas tan extraordinarias que parecían no pertenecer al mundo de los hombres corrientes.
Pero no era sólo su belleza lo que me perturbaba.
Era también la riqueza que representaban.
Aquello no parecía un simple joyero. Había en aquellas riquezas algo tan desmesuradas, tan fascinantes y tan extraordinarias que mi imaginación comenzó a rebelarse contra la lógica. Aquellas joyas parecían escapadas del mismísimo tesoro de Alí Babá. Sí, del auténtico; del que dormía oculto tras puertas encantadas y montañas secretas, entre cofres escondidos y maravillas imposibles.
Había en semejante tesoro algo misterioso. Porque llega un momento en que ciertas maravillas dejan de parecer obra de los hombres. Cuando los diamantes parecen pedazos de estrellas caídos del cielo, cuando los rubíes poseen un fulgor capaz de iluminar castillos enteros y cuando las piedras preciosas son tan grandes que apenas cabrían en los cofres escondidos de los cuentos, uno deja de hacerse preguntas. Entonces comprende que esas riquezas ya no pertenecen al mundo corriente. Pertenecen a las cuevas secretas de Alí Babá y a esos lugares imposibles donde los alquimistas guardan los tesoros que jamás deberían encontrar los hombres.
Y mientras seguía pensando en aquel prodigio sentí que algo extraño comenzaba a ocurrirme.
No fue el sueño corriente de quien se queda vencido por el cansancio.
No.
Sentí más bien que aquellas joyas tiraban de mí con hilos invisibles. Como si desde el fondo de sus destellos alguien me estuviera mirando. Tal vez una princesa olvidada, quizá un hada o algún antiguo personaje de cuento aguardando pacientemente tras la puerta de un reino encantado.
Sin comprender por qué, tuve la sensación de que aquellas maravillas me estaban invitando a entrar.
Y entonces caí.
Caí lentamente en un sueño tan profundo que la razón quedó atrás como un viejo equipaje abandonado junto al borde de un camino encantado.
Y allí apareció el Reino.
Era un lugar extraordinario: el Reino de la Virtud Resplandeciente y la superioridad Moral Eterna. Un reino tan puro que las sombras pedían permiso antes de entrar. Sus habitantes caminaban envueltos en una luz casi celestial y hablaban con esa serenidad solemne de quienes estaban completamente convencidos de ser mejores que el resto de la humanidad.
En aquel Reino gobernaba un príncipe extraordinario. Aunque lo curioso era que nadie parecía llamarlo simplemente príncipe. Había una expresión repetida por cortesanos, heraldos y gentes humildes con una devoción casi musical:
"Mi príncipe".
Y debo reconocer que aquellas palabras poseían una musicalidad singular. Cada vez que alguien las pronunciaba parecía escucharse el revoloteo de palomas blancas, el murmullo de arpas invisibles y la plácida harmonía de las conciencias puras.
Aquel príncipe se distinguía porque durante su glorioso reinado jamás existió corrupción alguna. Él mismo lo proclamaba allá por donde pasaba. Lo repetían los cronistas reales con tanto fervor que incluso los espejos asentían discretamente.
Y como en los sueños todo posee una lógica impecablemente absurda, nadie dudaba jamás de semejante pureza. Al contrario: cuanto más grandiosa era la virtud proclamada, más obligatorio parecía emocionarse.
Hasta que un día ocurrió el hallazgo.
Los heraldos recorrieron el Reino anunciando que en una cámara secreta había aparecido un tesoro deslumbrante perteneciente al soberano.
La conmoción fue inmensa.
Acudieron sabios, alquimistas, tasadores y poetas. Los primeros quedaron mudos ante semejante maravilla; los segundos sospecharon hechicerías antiguas y los terceros simplemente lloraron de emoción.
Porque aquellas joyas no parecían fabricadas por orfebres.
Parecían haber sido engarzadas por las delicadas manos de las hadas.
Había collares tejidos con trozos de aurora boreal. Coronas delicadas como copos de nieve detenidos en el tiempo. Piedras tan luminosas que ni la luna, en sus noches más vanidosas, habría tenido el descaro de lucirlas.
Y entonces habló el príncipe.
Lo hizo con esa tranquilidad majestuosa que sólo poseen los hombres imbuidos de una superioridad moral.
Explicó que semejante tesoro procedía de antiguas herencias y nobles regalos recibidos a lo largo de sus viajes por el mundo.
Y naturalmente todos le creyeron.
¿Cómo no hacerlo?
Después de todo, aquel príncipe había dedicado su vida a combatir la injusticia, erradicar la maldad y llevar bondad a los rincones más oscuros de la Tierra. Los cronistas aseguraban incluso que las flores crecían con más entusiasmo al verle pasar.
Yo escuchaba fascinado.
Y entonces ocurrió lo inevitable.
Como sucede siempre en los sueños verdaderamente profundos, la fantasía empezó a parecerme mucho más razonable que la realidad.
De pronto comprendí el origen de aquellas joyas.
No podían proceder de lugares normales.
Aquellas maravillas sólo podían pertenecer a los cuentos. Recordé a Cenicienta.
Sí.
Comprendí de golpe que aquellas piedras extraordinarias debían ser las mismas joyas que el hada madrina creó la noche del gran baile, cuando convirtió una humilde calabaza en carroza y una muchachita triste en princesa.
Todo encajaba de manera prodigiosa.
Porque inmediatamente apareció ella.
El hada madrina descendió entre remolinos de polvo dorado, envuelta en perfumes de jazmín y el eco lejano de antiguas melodías palaciegas. Su vestido parecía confeccionado con pedazos de luna y llevaba una varita tan luminosa que las estrellas palidecían discretamente a su alrededor.
Y al mirar hacia el horizonte sonrió con ternura.
—Ya llega… mi príncipe… — susurró emocionada.
Nunca olvidaré aquella escena.
Nunca olvidaré aquella escena. A lo lejos apareció mi príncipe cruzando lentamente un puente de cristal tirado por cuatro cisnes blancos. A su paso los bosques parecían reverdecer y los aldeanos rompían a llorar emocionados sólo con verle pasar. Atravesaba bosques encantados, cruzaba puentes de cristal y saludaba a los pobres aldeanos, quienes agradecidos se inclinaban a su paso.
El hada madrina se inclinó ante él con reverencia.
Le explicó que Cenicienta jamás había olvidado cuánto bien había hecho por el universo un alma tan noble y desprendida. Y que por ello deseaba entregarle aquellas joyas maravillosas para ayudarle en su eterna misión de combatir las tinieblas del mal.
Entonces apareció Cenicienta.
Descendió lentamente por una escalera de mármol blanco mientras los ruiseñores entonaban himnos a la fraternidad universal. Llevaba en sus manos un cofrecillo dorado adornado con zafiros nunca imaginados.
Y al abrirlo, todo el Reino quedó iluminado.
Las joyas resplandecieron con tal intensidad que durante unos segundos pareció amanecer dentro del sueño.
—Guardadlas vos, mi príncipe —dijo Cenicienta conmovida—. Nadie mejor que un corazón tan puro sabrá emplearlas para el bien de todos los pueblos.
El príncipe aceptó el tesoro con la humildad solemne de los hombres verdaderamente virtuosos.
Recuerdo incluso que algunos cortesanos lloraban emocionados.
Y los más sensibles aseguraban haber visto a varios unicornios arrodillarse discretamente al fondo del gran salón.
Entonces desperté.
Abrí los ojos sobresaltado.
Y mientras trataba de desperezarme recordé el antiguo lema del Reino:
"Tener muy poco y dar mucho".
César Valdeolmillos Alonso