Tribunas
08/10/2026
El próximo milagro, en las urnas
José Francisco Serrano Oceja
Elecciones al Parlamento de Andalucía
(Foto de archivo / Europa Press).

La convocatoria electoral, en una España alterada de anomalías intensificadas, ha hecho que no pocos en la Iglesia hayan respirado hondo.
Se gana un tiempo precioso para rezar para que se cumpla la voluntad de Dios -por eso de las costumbres que nos dejó san Pablo-, por el nuevo Gobierno. En no pocos casos el rezo lo es por el cambio de Gobierno.
Es momento de ir haciendo balance de las relaciones entre la Iglesia y el Gobierno, que vienen a ser las relaciones entre la Iglesia y el Estado, no sólo en esta legislatura, sino en todo el período en el que Pedro Sánchez ha estado en la Moncloa.
Partamos del principio de que al Presidente del Gobierno, lo cristiano y la Iglesia le importan menos que cero. Ni personalmente, ni institucionalmente. Para estas cuestiones nombró a su acólito acreditado, el tres veces ministro, Félix Bolaños, al que le van estos temas. Él sabrá por qué.
Pedro Sánchez ha convivido con dos presidentes de la Conferencia Episcopal, con el cardenal Juan José Omella y con monseñor Luis Argüello.
Con Omella era difícil que tuviera el más mínimo roce. Tampoco don Juan José mantuvo un perfil alto en las cuestiones de trascendencia política, con lo que generó una espiral del silencio, que se vio rota con la llegada de Argüello, fino analista y hombre libre donde los haya.
El discurso de monseñor Argüello siempre ha puesto nervioso al Gobierno, le ha incomodado sistemáticamente. Un Ejecutivo que no se ha recatado en apuntar con todas las baterías a Argüello.
Uno de los hábitos de este Ejecutivo fue ir a Roma a hablar mal de los obispos españoles, bueno, no de todos. Estrategia que funcionaba más que dignamente durante el pontificado del papa Francisco, a quien la Vicepresidenta Yolanda Díaz le tenía como su confesor y confidente.
La idea del Gobierno, sobre todo en la segunda legislatura, fue la de echar un pulso a la Iglesia e intentar torcer el brazo. Vamos, lo mismo que una Iglesia libre en un Estado libre, que diría un clásico.
Ocurrió con las inmatriculaciones, que por cierto le salió el tiro por la culata por la publicación del informe por parte de la Conferencia Episcopal, en un movimiento táctico de sorprender y dejar sin argumentos al contrario. Movimiento factura de Giménez Barriocanal, conviene ahora recordarlo.
Con el Valle de los Caídos, el Gobierno hizo todo lo posible para apartar al Nuncio y al Presidente de la Conferencia Episcopal y se limitó a la interlocución con el cardenal Cobo.
Y últimamente en la cuestión de las víctimas de la pederastia, volvió a amenazar a la Iglesia para que firmara el acuerdo del Defensor, y así no tendría problemas. Esto provocó el sufrimiento de no pocos en los momentos previos a la firma, incluso durante la firma del Acuerdo.
Para añadir más pulsos, podemos abrir el capítulo de las políticas que afectaban a la comprensión antropológica. La eutanasia, el aborto, propuesto como derecho, pendiente de que se incluya en la Constitución, las campañas pagadas con dinero de todos en estos días pasados, las leyes que se basan en la ideología de género, la ley de Memoria Democrática y sus derivadas…
Si por algo se ha caracterizado el Gobierno de Pedro Sánchez es por hacer que el Estado pierda su neutralidad valorativa y se haya convertido en un Estado ideológico, al servicio, y esto es también lo lamentable, de un proyecto político personal.
En este contexto no es que la Iglesia haya hablado mucho de corrupción de la política y de los políticos, de degradación de la vida pública, de desintegración de las instituciones del Estado…
Y cuando el Presidente de la Conferencia Episcopal ha dicho algo le han salido algunos “pepitos grillos” o le ha caído la del pulpo. ¿Recordemos que los obispos aprobaron en la España reciente un documento como “Moral y sociedad democrática”?
Entiendo que haya quienes afirman que el Gobierno ha puesto en marcha una serie de políticas sociales en defensa de los sectores más vulnerables.
¿De verdad? Los indicadores apuntan a lo contrario, más pobreza, pérdida del poder adquisitivo, del ahorro, menos recursos en las familias, depreciación del nivel de vida, mayor dependencia del Estado…
De momento, las Cortes se han disuelto y hay no pocos en la Iglesia que han respirado, quizá, esperando un milagro que se depositará en las urnas. No sé si se puede llamar a eso milagro.
José Francisco Serrano Oceja