06/10/2026 | por Grupo Areópago
En numerosos bares y restaurantes españoles es habitual que cuando terminas de comer y queda comida en el plato, se ofrezca al cliente dos opciones: dejarla para que la tiren o pedir al establecimiento que te la preparen para llevar. Aunque en muchos lugares ya era una práctica habitual desde el 3 de abril de 2026, en España los bares y restaurantes, con algunas excepciones como los establecimientos tipo buffet, están obligados por ley a permitir que el cliente se lleve la comida que no se haya consumido, estando esta medida publicada en la Ley 1/2025, de 1 de abril, de prevención de las pérdidas y desperdicio alimentario. Además, los establecimientos de hostelería deben de informar al cliente de esta posibilidad de manera clara y proporcionar un envase apto para alimentos, reutilizable o fácilmente reciclable. Sin embargo, la decisión final sigue estando en manos del consumidor: llevarse o no aquello que ha sobrado.
Este gesto que puede convertirse en algo cotidiano y que supone aprovechar la comida que sobra de un pedido realizado en un restaurante, podría decirse que se trata de una práctica de consumo responsable. Y es que no se trata únicamente de cambiar nuestras costumbres y comprender que aquello que hemos comprado y que todavía puede consumirse no tiene porqué acabar en la basura, sino que puede ser aprovechado; como podría pasar en nuestros hogares.
La lucha contra el desperdicio alimentario no es una responsabilidad individual sino también colectiva, ya que en ella participan supermercados, negocios de comida, bares y restaurantes, que pueden llevar a cabo diferentes prácticas para reducir la cantidad de alimentos que terminan en la basura. Entre estas iniciativas destacan las aplicaciones móviles que permiten a los consumidores, comprar a precio más económico, alimentos que no han sido vendidos y que proceden de restaurantes, panaderías y supermercados.
Otros establecimientos optan por donar alimentos que no pueden comercializarse a entidades sociales como Cáritas o comedores sociales, contribuyendo a reducir de este modo el desperdicio alimenticio y al mismo tiempo ayudar a personas que lo necesitan.
Sin embargo, esta realidad, contrasta la situación que viven millones de personas en el mundo que sufren hambre y no tienen garantizado ni un trozo de pan al día, ni una alimentación suficiente. Mientras que en algunos países es necesario aprobar leyes para reducir la cantidad de alimentos que se desperdician, en otras partes del mundo hay personas que no tienen asegurado el acceso a una comida diaria. Lo que para unos puede ser comida que sobra para otros esta comida representa el alimento que necesitan para vivir.
Esta contradicción nos lleva a plantearnos si el desperdicio alimentario debe entenderse sólo como un problema económico o medioambiental, o si también es una cuestión de conciencia, justicia social y de solidaridad. La existencia de alimentos que son tirados mientras que otras personas carecen de ellos nos lleva a la necesidad de reflexionar sobre nuestros hábitos de consumo y sobre la responsabilidad que tenemos como sociedad.
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en su página web https://www.fao.org/right-to-food/es “el derecho a la alimentación es un derecho humano universal. Todas las personas tienen derecho a no padecer hambre y a tener un nivel de vida adecuado, que incluya la alimentación”. Reconocer este derecho significa reconocer y proteger la dignidad de cada persona.
En este sentido el 16 de octubre se celebra el Día Mundial de la Alimentación, una fecha que pretende concienciar sobre la importancia de garantizar el acceso a los alimentos y nos recuerda que el alimento no es un lujo, ni un privilegio sino una necesidad básica y un derecho fundamental de cualquier persona. Garantizar este derecho continúa siendo un reto, que requiere el compromiso de los ciudadanos, de las instituciones y de los países.
GRUPO AREÓPAGO