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“Señor, llévame de aquí”: el obispo que confesó su depresión y decidió pedir ayuda

 

James Conley, pastor de la diócesis de Lincoln, tuvo que pedir una licencia en 2019 tras meses sin dormir y sufrir una fuerte ansiedad

 

 

 

06/09/26 | Javier Arias, X


 

 

 

Monseñor James Conley no es un obispo cualquiera. Es de los que su voz resuena no solo en Estados Unidos sino también en muchos otros lugares del mundo gracias a las redes sociales. Es considerado como una de las voces más autorizadas del episcopado estadounidense y de los que suele intervenir en cuestiones que afectan a la Iglesia para arrojar luz.

 

 

 

  1. Autorización del Papa para parar un año en 2019
  2. Una presión que terminó afectando a su salud
  3. Pedir ayuda también forma parte del cuidado pastoral
  4. La misa, el rosario y la Liturgia de las Horas
  5. La apicultura como forma de volver a la realidad
  6. La amenaza del «tsunami de información»

 

 

 


El obispo James Conley con su perro.

 

 

 

No es la primera vez que Conley habla sobre su experiencia con la depresión y la ansiedad, pero de nuevo, vuelve a sorprender por su transparencia y sinceridad y ha lanzado un mensaje al clero: no afrontar en silencio los problemas de salud mental y pedir ayuda cuando sea necesario. En una entrevista concedida al diario italiano Avvenire, el prelado estadounidense explica cómo llegó a una situación límite después de meses sometido a una fuerte presión pastoral y personal.

 

Autorización del Papa para parar un año en 2019

Conley, al frente de la diócesis de Lincoln, en Nebraska, recibió en diciembre de 2019 autorización del Papa para ausentarse temporalmente de sus responsabilidades y atender su salud mental. Regresó al gobierno de la diócesis en noviembre de 2020 y, en mayo de 2024, publicó la carta pastoral Un futuro con esperanza, en la que relató su experiencia y ofreció algunas orientaciones pastorales y espirituales.

El obispo recuerda que sus dificultades comenzaron en 2018, en un contexto especialmente complicado para la Iglesia estadounidense. El escándalo en torno al cardenal Theodore McCarrick, la publicación del informe del Gran Jurado de Pensilvania sobre abusos sexuales y una investigación del fiscal general de Nebraska coincidieron con la decisión de Conley de apartar a varios sacerdotes por conductas sexuales inapropiadas.

«Cuando hay un escándalo en la Iglesia, un sacerdote puede sentir el peso de la situación simplemente por ser sacerdote y sentirse responsable de solucionar las cosas», explica. Él mismo reconoce que asumió esa carga como si tuviera que resolver personalmente todos los problemas.

 

Una presión que terminó afectando a su salud

El primer signo de alarma fue el insomnio. Conley comenzó a pasar horas en la cama repasando mentalmente diferentes casos y posibles escenarios. Llegó a dormir apenas una hora por noche y desarrolló tinnitus, mientras la ansiedad iba creciendo.

A esa situación se sumaron otros golpes personales. Su hermana menor fue diagnosticada de cáncer de mama y un sacerdote de su diócesis con problemas de alcoholismo falleció por envenenamiento. El obispo se sintió culpable por considerar que no había sido capaz de ayudarle suficientemente.

Fue precisamente su hermana quien terminó advirtiéndole de la gravedad de su estado. «Tienes un aspecto terrible. Estás peor que yo. ¿Qué te pasa?», le dijo en marzo de 2019. Después de hablar con ella, Conley buscó ayuda profesional y fue diagnosticado de trastorno de ansiedad generalizada y depresión mayor.

El prelado describe aquella etapa como una progresiva pérdida de energía, esperanza y capacidad para afrontar las obligaciones. «Empiezas a pensar: “No puedo soportarlo, es demasiado”», explica. Aunque asegura que no llegó a pensar en quitarse la vida, sí reconoce que llegó a pedir a Dios que se lo llevara.

«Por eso entiendo cómo algunos sacerdotes pueden tener pensamientos suicidas», afirma. «Gracias a Dios, no seguí ese camino».

 

Pedir ayuda también forma parte del cuidado pastoral

Conley buscó entonces un psicoterapeuta católico que comprendiera su fe y compartiera una antropología cristiana. Una de las primeras enseñanzas que recibió fue que no todo dependía de él y que necesitaba aprender a cuidarse.

«No puedes dar lo que no tienes», recuerda. Para el obispo, asumir que necesitaba parar fue especialmente difícil porque sentía que un obispo no podía permitirse abandonar temporalmente sus responsabilidades.

Finalmente, siguiendo también el consejo de su hermana, pidió una licencia. Cuando preguntó al nuncio qué debía comunicar públicamente, recibió una respuesta sencilla: «Solo di la verdad». Explicó que estaba agotado, que no podía dormir y que sufría ansiedad y depresión.

La reacción de los fieles, según relata, fue mucho más comprensiva de lo que había temido. Recibió mensajes de personas que le aseguraban que rezaban por él y le animaban a tomarse el tiempo necesario.

La experiencia reforzó su convicción de que el silencio puede agravar las situaciones de sufrimiento psicológico. «No te lo guardes todo», recomienda. No es necesario contárselo a todo el mundo, explica, pero sí encontrar «a alguien de confianza, un hermano o un familiar».

El suicidio de otro sacerdote durante su período de licencia reforzó todavía más esta convicción. «Nadie comprendió lo mal que estaba, ni siquiera sus padres», relata. Para Conley, el episodio demuestra la importancia de que quienes atraviesan una crisis puedan comunicarlo a alguien capaz de escucharles y ayudarles a buscar tratamiento.

 

La misa, el rosario y la Liturgia de las Horas

Durante los momentos más difíciles, Conley asegura que mantuvo tres prácticas espirituales que considera fundamentales: la misa, el rosario y la Liturgia de las Horas.

No siempre encontraba consuelo en la oración ni podía mantener largos períodos de meditación. Sin embargo, decidió no abandonar esas prácticas. También encontró ayuda en la Novena del Abandono de Don Dolindo Ruotolo, que continúa rezando.

El obispo considera que existe una estrecha relación entre la dimensión psicológica y la espiritual, aunque no sean lo mismo. «La gracia se construye sobre la naturaleza», explica, defendiendo que la vida espiritual no sustituye la atención a la salud psicológica, sino que ambas dimensiones deben complementarse.

Por eso incorporó también hábitos relacionados con el descanso, el ejercicio y el contacto con la naturaleza. Caminar, montar en bicicleta, leer, escuchar música o contemplar un paisaje forman parte de su recuperación.

 

La apicultura como forma de volver a la realidad

Entre esas actividades ocupa un lugar especial la apicultura, una afición que el obispo ha incorporado a su vida. Para Conley, observar el funcionamiento de una colmena es también una forma de «maravillarse ante Dios».

Le sorprende especialmente que unas criaturas tan pequeñas puedan producir algo tan elaborado como la miel y la cera, y considera la colmena una imagen de generosidad: las abejas producen algo que no solo sirve para ellas mismas, sino que también puede ser recibido por otros.

El obispo vincula esta afición con una idea más amplia: la necesidad de recuperar el contacto con la realidad en una sociedad cada vez más marcada por las pantallas.

 

La amenaza del «tsunami de información»

Conley advierte también sobre el impacto que los teléfonos inteligentes y las redes sociales pueden tener sobre el bienestar psicológico. No propone eliminarlos, pero sí aprender a utilizarlos como herramientas y no permitir que ocupen todo el espacio de la vida cotidiana.

Habla de un «tsunami de información» que llega continuamente a través del móvil y que puede generar la sensación de que debemos reaccionar ante todo lo que sucede.

Por ello, recomienda establecer cierta distancia: no llevar el teléfono al dormitorio, evitar consultar las redes sociales inmediatamente después de despertarse y reservar espacios de la vida familiar libres de dispositivos para favorecer las conversaciones cara a cara.

En su opinión, el problema se hace especialmente delicado cuando la identidad de una persona depende de la imagen que proyecta en las redes sociales.

Para Conley, recuperar el contacto con la realidad puede ser algo tan sencillo como salir a caminar, bañarse en el mar o contemplar un amanecer. También encuentra una conexión con la vida sacramental de la Iglesia, que considera esencialmente vinculada al mundo real y material.

Habla así de desarrollar una «imaginación sacramental», capaz de contemplar la realidad como un signo de la acción de Dios. Una puesta de sol, el océano o incluso una colmena pueden convertirse, en su lenguaje, en signos que remiten al Creador.