Tribunas

El Papa no hablaba sólo a los otros

 

José Iribas S. de Boado
Ex consejero de Educación
Director de Relaciones Institucionales de CampusHome


El Papa León XIV bendice un bebé durante un encuentro
con los voluntarios en Ifema Madrid, a 9 de junio de 2026.

Foto: Eduardo Parra / Europa Press.

 

 

 

 

 

 

Cuando habla el Papa, hay quien le escucha pensando en que otro debería darse por aludido. Lo he visto estos días en un grupo de WhatsApp: alguien venía a decir que otros se lo tenían que hacer mirar. Algo parecido ha ocurrido en ámbitos políticos.

Es demasiado habitual. Pero no es lo más fructífero, precisamente.

Lo importante, cuando uno escucha una palabra que interpela, no es descubrir a quién deja en evidencia, sino preguntarse qué parte de ello le toca a uno mismo. Porque no podemos cambiar al otro, pero sí podemos cambiarnos a nosotros mismos. O al menos intentarlo.

Estos días, ante miles de jóvenes -aunque el mensaje nos servía a todos-, León XIV resumió casi todo un programa en dos palabras: “Sed humanos”. No era una obviedad. Lo aviso para ingenuos. En una época que presume de inteligencia artificial, hiperconectividad, derechos, transparencia y progreso, no siempre avanzamos al mismo ritmo en humanidad. Basta asomarse a un telediario. Me da igual con noticias nacionales que internacionales.

El Papa nos habló a todos. En un momento dado, específicamente a los jóvenes. En otro, a quienes tienen responsabilidades públicas. Y allí la práctica totalidad de los políticos aplaudió. Bien está. Pero la cuestión no es si aplaudieron sus palabras, sino si cada grupo salió dispuesto a aplicarse alguna.

Lo hemos visto enseguida. Apenas terminó la visita, algunos titulares ya recogían cómo cada partido trataba de llevar el discurso del Papa a su propio terreno: unos para reforzar su posición sobre una materia, otros sobre otra. Nada nuevo, por desgracia. La tentación de convertir una llamada moral en munición partidista es casi automática.

Existe una forma muy cómoda de escuchar discursos como el del Papa León: escoger del menú aquello que creo que confirma mis reproches al adversario y saltarme, como quien pasa una página incómoda, lo que descubre mis propias flaquezas.

El problema no es que cada uno subraye una parte del discurso. Eso es inevitable. El problema empieza cuando sólo subrayamos lo que creemos acusa al otro y dejamos intacto lo que podría corregirnos a nosotros.

No hay aplauso más estéril que el que celebra una verdad que interpela pensando que siempre va dirigida a otros.

Después de años en la vida pública y de seguir de cerca a jóvenes universitarios, cada vez creo más en esto: que una sociedad empieza a deteriorarse cuando deja de exigirse humanidad en lo aparentemente pequeño (en el lenguaje, en el trato, en la responsabilidad, en la convivencia sin muros, en la manera de discrepar…).

En el discurso del Papa en el Congreso de los Diputados, León XIV presentó una enmienda seria a nuestro clima moral. Y no sólo al de los discursos. También a toda degradación o inmoralidad, a toda “deshumanización” que, cuando se instala en las instituciones, las deteriora y daña la vida pública y la confianza social.

Hemos desarrollado una habilidad notable para detectar la falta de humanidad ajena y una resistencia bastante tenaz a reconocer la propia. Vamos, no descubro nada: lo de la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

Tal vez la propuesta sea más sencilla -y más exigente- de lo que parece: que cada cual se lleve una tarea a casa: la suya.

El político, revisar cómo usa la palabra y el voto en  las instituciones: ¿con humanidad? ¿para el bien común?. El educador, puede plantearse si forma únicamente en competencias o también fomenta las virtudes y el pensamiento crítico. El universitario, cómo administra su libertad y si trabaja por descubrir qué sentido quiere dar a su vida. El ciudadano, si se limita a indignarse o aporta su compromiso personal y se “moja” en favor del bien común.

“Sed humanos” -aviso para despistados- no es una frase bonita. Es una llamada a examen para todos y cada uno.

Y conviene no hacerlo mirando siempre el pupitre del vecino.