Tribunas

El Papa quiere que la Iglesia en España sea relevante

 

 

José Francisco Serrano Oceja


El Papa a su entrada en el Bernabéu.
Foto: Gabriel González Andrío.

 

 

 

 

Cuando el Papa León XIV enfila ya la etapa catalana de su visita apostólica, podemos ir recogiendo algunas cuestiones que deben dar que pensar sobre lo vivido en estos días pasados en Madrid.

La primera y más evidente es que el Pueblo de Dios, es decir, los fieles de Madrid y no sólo de Madrid, que abarrotaron las calles y plazas, tenían muchas ganas de una visita de esta naturaleza.

Quizá porque hayan pasado quince años, por cierto los de una generación Orteguiana, no hay generación de españoles que no quiera estar junto al Papa cuando éste nos visita y así pueda decir “yo también estuve con el Papa”.

Esas ganas que se palpaban en los rostros, en las conversaciones, indican también, en este contexto de sociedad secularizada, la necesidad de congregase, de sentirse acompañados, de visibilizar en la calle, ante los medios de comunicación, la forma de vida que propone la propuesta cristiana.

Visibilidad multitudinaria en una situación social que, al fin, no se puede definir como cristiandad. Visibilizar en una sociedad plural en la que la oferta de sentido es amplia y ante las carencias de visibilización pública de la fe que se perciben en el “mainstream” cultural, social y político.

Este hecho plantea una cuestión de fondo que, en su momento procesal oportuno, alguien tendrá que pensar. Si hablamos de una Iglesia de procesos, en la que lo importante es el recorrido, el itinerario, la mediación y no la presencia, lo que está claro es que cuando al Pueblo de Dios se le convoca a un macro-acontecimiento responde en primera instancia.

Los procesos son necesarios, tan necesarios como la vida sacramental, que dijo el Papa en el discurso a los obispos. Pero se ve que también son necesarios los acontecimientos de masas, quizá por influencia de esta cultura que también es espectáculo.

Antes se pensaba que las misas de Colón, las JMJ, formaban parte de un modelo de cristiandad, un tour de fuerza incluso frente a las corrientes contrarias a la fe. Y ahora, después de lo vivido, ¿qué hay que pensar?

La segunda cuestión que ha quedado meridianamente clara, sobre todo a partir de la presencia del Papa en el Congreso, es la de que León XIV quiere que la fe sea relevante, que la Iglesia sea relevante, que el testimonio cristiano sea relevante como propuesta de verdad.

¿Quién debe seguir manteniendo la relevancia de la presencia de la propuesta de la Iglesia, en las claves que ha asentado León XIV, y cómo hacer relevante en nuestra sociedad esa propuesta?

Sería una pérdida que lo que nos ha dejado el Papa se diluyera a medida que pasa el tiempo y que su presencia hubiera sido solo un fuego de artificio.

La Iglesia es relevante, como ha demostrado León, cuando está presente en el escenario de lo público, cuando participa en la conversación pública, cuando sabe argumentar su posición, cuando presenta una lógica que, aunque sea signo de contradicción, es persuasiva por la coherencia y por la verdad implícita que conlleva.

Lo que está claro es que la Iglesia no puede ser relevante si se pliega, si construye sus discursos sobre lugares comunes al socaire de las corrientes también ideológicas del momento.

La Iglesia, sin duda, es relevante en la educación y la caridad, que deben sentirse interpeladas por lo que ha dicho el papa, y ya hablaremos de eso. ¿Sólo en esos ámbitos?

La Iglesia será relevante si hay una apuesta el diálogo como expresión de la vida en verdad, que no quiere decir por subirse a la ola que más arrastra y dejarse llevar por las corrientes de fondo y forma de la sociedad.

La Iglesia, por cierto, será relevante si lo que hemos vivido se encarna en la vida de los fieles y es alentada por los obispos, a los que leeremos con gusto cuando escriban sobre cómo dar forma a lo que nos ha dicho el Papa.

 

 

José Francisco Serrano Oceja