Vaticano

 

Histórico discurso del Papa en el Congreso de los Diputados: España necesita una renovación moral

 

“Ésta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral”

 

 

 

José Francisco Serrano Oceja | 08/06/26


 

 

 

Pensábamos que lo habíamos escuchado y visto todo en estos dos días de visita del Papa pero este lunes se ha convertido en un lunes de alta intensidad.

 

 

 

  1. Un discurso que hace historia
  2. Dignidad inviolable de la persona humana

  3. La defensa de la vida humana
  4. La familia
  5. La educación
  6. Migrantes y refugiados
  7. Libertad religiosa y libertad de conciencia
  8. Sigilo sacramental de la confesión
  9. "Les invito a alzar la mirada"

 

 

 


El Papa en el Congreso de los Diputados
junto a Pedro Rollán, Francina Armengol.

Foto: Eduardo Parra / Europa Press

 

 

 

El Congreso de los Diputados es la sede de la soberanía popular, el lugar de los desvelos del pueblo español, el legislativo, el espacio en el que, en gran medida, se hace nuestra historia, donde “se da forma jurídica a la convivencia social”, según el Papa.

 

Un discurso que hace historia

Y ahí ha llegado León XIV para pronunciar un discurso de esos que hacen historia.

El Papa ha formulado la pregunta clave de su discurso: “qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes”.

Y como suele ser habitual en el Papa, el primer destino es la razón histórica para asentar la tesis de que no hay política sin razón moral. Francisco de Vitoria, Teresa de Jesús, los Reyes Isabel y Fernando, El Quijote y el trágico Unamuno, para afirmar que “España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa”.

La Escuela de Salamanca que “contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes”.

 

Dignidad inviolable de la persona humana

Una vez que se ha recordado la historia, llegó el momento mollar del discurso. Primero la fundamentación: “Toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (cf. BENEDICTO XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo”.

Tocaba, por tanto, sacar las conclusiones de “una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social”. Conclusiones que recogen, en primer lugar, el acervo de los “principios no negociables” de los que hablaba Benedicto XVI.

 

La defensa de la vida humana

Primera de ellas, lo referido al sustrato de la dignidad, la vida. “La defensa de la vida humana -ha señalado el Papa- no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”.

 

 

 


El Papa en el Congreso de los Diputados.
Foto: Eduardo Parra / Europa Press

 

 

 

La familia

Segunda conclusión, la familia, “la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer”.

 

La educación

Tercero, la educación. “Las nuevas generaciones – ha señalado- pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas, como valiosas aliadas en su educación. Esta colaboración ha de respetar siempre el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas»”.

Como la propuesta de la Iglesia, sobre la dignidad de la persona es integral, ante el fenómeno de la defensa de la dignidad de la persona necesita una afirmación que “no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro”.

 

Migrantes y refugiados

“La situación de los migrantes y refugiados exige -ha dicho León XIV- una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos”.

De ahí, señala el papa, proponiendo una novedad de formulación cuando se refiere a las rutas de tráfico de humanos, una doble exigencia de justicia social: “ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, entre ellas las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática (cf. Magnifica humanitas, 81)”.

“En los últimos años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o ignorada. Muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral”.

 

 

 


El Papa en el Congreso de los Diputados
junto a Pedro Rollán, Francina Armengol y
el Secretario de Estado del Vaticano, cardenal Pietro Parolin.

Foto: Eduardo Parra / Europa Press

 

 

 

Libertad religiosa y libertad de conciencia

El mundo “atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca” afirma el Papa, por eso “la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones”.

A partir de ahí, León XIV ha planteado dos horizontes que están destinado no sólo a España sino a Europa. El primero el de la libertad religiosa y el segundo el de la libertad de conciencia.

Sobre la libertad religiosa, León XIV señaló que “de este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito interior permite comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas. La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe”.

La legítima autonomía del orden temporal “jamás debe, ha insistido el Papa,  interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública”.

 

Sigilo sacramental de la confesión

Mirando a Europa ya determinadas legislaciones novedosas que se han desarrollado, por ejemplo en Francia, el papa recuerda que “el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna (cf. CONFERENCIA SOBRE LA SEGURIDAD Y LA COOPERACIÓN EN EUROPA, Acta Final de Helsinki, 1 agosto 1975, Principio VII). Tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales (cf. CORTE PENAL INTERNACIONAL, Reglas de Procedimiento y Prueba, Regla 73.3)”.

Como suele ser habitual en los discursos del Papa, el final es una llamada de atención que se expresa así, de forma contundente: “Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse”.

 

"Les invito a alzar la mirada"

Y un añadido que plantea un final esclarecedor: “ Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral”.