Opinión
06/06/2026
Alzad la mirada
José María Alsina Casanova
Cuando recibí la noticia de que el lema de la visita del Papa a España sería «Alzad la mirada», experimenté una profunda alegría y un gran consuelo espiritual. Pensé que aquellas palabras estaban inspiradas por el cielo.
Durante varios días dediqué mi oración a meditar sobre pasajes evangélicos en los que aparece este gesto. El primero, en el que se inspira nuestro lema, es aquel en el que Jesús dice a sus discípulos: «Alzad la mirada y ved los campos listos para la siega» (Jn. 4,35). Pronto acudieron también a mi memoria otros momentos de la vida del Señor: Jesús dirige la mirada hacia Zaqueo, aquel publicano encaramado a un sicómoro, porque ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. También levanta los ojos al cielo cuando ora: al dar gracias al Padre por los pequeños del Evangelio, antes de la multiplicación de los panes, al disponerse a curar al sordomudo, ante el sepulcro de su amigo Lázaro o durante la gran oración sacerdotal de la noche del Jueves Santo.
La contemplación reposada de estos pasajes me llevó a descubrir cómo este gesto acompaña toda la vida de Jesús. Vive constantemente vuelto hacia el Padre, porque de Él procede y para Él vive. Pero, al mismo tiempo, fija sus ojos en los hombres con una mirada que sana, libera y salva. Su modo de mirar revela una forma nueva de habitar el mundo: desde Dios y para los demás. Por eso, «alzar la mirada» no es simplemente una actitud de optimismo o de confianza; es una expresión profundamente evangélica, una invitación a contemplar la realidad como la contempla Cristo.
Días después comenzó a difundirse por las redes el himno de la visita, y aquel lema adquirió música y voz también en mi interior. Mientras lo tarareaba, una frase quedó resonando con fuerza: «Alza la mirada, clavada en la Cruz».
Estas palabras me llevaron inmediatamente al Calvario. Pensé en María y en Juan contemplando a Jesús crucificado. Y acudió a mi memoria aquella escena tan impactante de La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, en la que el soldado atraviesa con su lanza el costado del Señor y recibe, como una lluvia copiosa que lo empapa, el agua y la sangre que brotan de su Corazón abierto. La tradición cristiana ha visto siempre en ese costado traspasado la manifestación suprema del amor redentor de Cristo. Porque en la cruz no contemplamos solo el sufrimiento del Hijo de Dios; contemplamos el amor llevado hasta el extremo. Allí se revela quién es Dios y cuánto ama al hombre.
¡Qué actual y necesario resulta este lema! Esta invitación adquiere una relevancia especial en el mes de junio, tradicionalmente dedicado al Corazón de Jesús. La visita del Papa coincide, además, con dos celebraciones que nos hablan del amor de Dios hecho carne y entregado por nosotros: la solemnidad del Corpus Christi y, pocos días después, la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.
La imagen que acompaña esta columna —una niña que se alza sobre unos hombros, dirigiendo su mirada al Papa Benedicto XVI en la plaza de Cibeles y envuelta en la bandera del Corazón de Jesús— parece condensar todo un mensaje para estos días. La joven, sostenida por otros, puede mirar más lejos, puede abrirse al horizonte. También nosotros, sostenidos por la fe de la Iglesia y envueltos por la fuerza del amor del Corazón de Cristo, estamos llamados a alzar nuestra mirada hacia los horizontes de esperanza que el Señor sigue abriendo ante nosotros. Y lo haremos estos días escuchando la voz de aquel a quien santa Catalina de Siena llamaba el «dulce Cristo en la tierra», el Sucesor de Pedro, signo visible de la unidad de la Iglesia y quien viene a confirmarnos en nuestra fe.
Mientras acogemos con gozo la visita de quien viene «en nombre del Señor», el Papa León XIV, dejemos que esta invitación prenda de verdad en nuestro interior. Alcemos la mirada hacia Cristo, hacia su Cruz y hacia su Corazón. Alcémosla para descubrir de nuevo que no caminamos solos, que la Iglesia sigue siendo hogar y compañía para el hombre de hoy, y que Dios continúa actuando en la historia. Si aprendemos a mirar como Cristo mira, encontraremos motivos para la esperanza allí donde otros solo ven incertidumbre, reconoceremos la presencia de Dios en medio de los acontecimientos de cada día y podremos llevar a los demás la alegría del Evangelio. Porque quien alza la mirada hacia el Corazón de Cristo, abre la puerta a la esperanza porque termina aprendiendo a mirar toda la realidad a la luz de su amor.