Vaticano
En una catequesis sobre la Sacrosanctum Concilium, el Pontífice defiende el equilibrio entre tradición y renovación, subraya la dimensión evangelizadora de la liturgia y reclama respeto por las normas eclesiales
28/05/26 | Javier Arias, X
El Papa León ha reivindicado la reforma litúrgica impulsada por el Concilio Vaticano II como una continuidad natural del desarrollo histórico de la Iglesia, insistiendo en que la tradición no debe entenderse como una realidad estática, sino como una herencia viva capaz de responder a las necesidades de cada tiempo.
- La liturgia, fuente de vida para la Iglesia
- Tradición y progreso: una misma corriente
- Una liturgia con fuerza evangelizadora
- La advertencia final
El Papa León XIV con el Evangelio.
Vatican Media.
Durante su catequesis dedicada a la Constitución Sacrosanctum Concilium, el Pontífice recordó las palabras de Pío XII en Mediator Dei, donde describía a la Iglesia como un “organismo vivo” que, manteniendo intacta su doctrina, crece y se adapta a las circunstancias históricas.
La liturgia, fuente de vida para la Iglesia
El Papa explicó que el Concilio Vaticano II asumió la necesidad de reformar y promover la liturgia con el objetivo de fortalecer la vida cristiana, favorecer la unidad de los creyentes y acercar a más personas a la Iglesia.
En ese contexto, recordó que el Movimiento Litúrgico había impulsado una conciencia renovada sobre la centralidad de la liturgia en la vida eclesial. Citó además a san Juan Pablo II para subrayar que existe una relación profunda entre la renovación litúrgica y la renovación de toda la Iglesia, ya que esta “no solo actúa, sino que también se expresa en la liturgia y obtiene de ella la fuerza para vivir”.
Papa León XIV celebrando su primera misa de Navidad.
Vatican News.
Tradición y progreso: una misma corriente
Uno de los puntos centrales de la reflexión fue la necesidad de conjugar fidelidad y renovación. El Papa destacó la expresión utilizada por la Constitución conciliar: “preservar la sana tradición y abrirse al progreso legítimo”.
En este sentido, evocó una reflexión de Benedicto XVI, quien rechazaba la idea de una oposición entre tradición y progreso. Según esa visión, la tradición es comparable a un río que conserva su origen mientras avanza hacia su desembocadura, integrando el desarrollo como parte de su propia naturaleza.
El Pontífice recordó que el Concilio distinguió entre elementos inmutables de la liturgia por su origen divino— y aspectos susceptibles de cambio cuando determinadas formas dejan de expresar adecuadamente el sentido profundo del culto.
Una liturgia con fuerza evangelizadora
La catequesis también puso el foco en la dimensión misionera de la liturgia. León XIV señaló que, a lo largo de la historia, el culto cristiano ha sabido encarnarse en las distintas culturas y, al mismo tiempo, transformarlas.
Según explicó, esta capacidad convirtió a la liturgia en un motor permanente de evangelización que hoy debe recuperar su dinamismo, siempre en continuidad con la auténtica tradición católica y orientado a introducir a los creyentes en la plenitud de la verdad.
El Papa recordó además que cualquier reforma litúrgica debe surgir orgánicamente de las formas existentes y estar precedida por una rigurosa investigación teológica, histórica y pastoral.
La advertencia final
El Pontífice reservó el mensaje más directo para el final de su intervención, con una llamada expresa a quienes tienen la responsabilidad de preparar y presidir las celebraciones litúrgicas.
León XIV exhortó especialmente a sacerdotes y responsables pastorales a mantener un profundo respeto por los textos y las normas de la liturgia, evitando modificaciones arbitrarias o iniciativas personales que puedan generar confusión entre los fieles.
"Exhorto a todos los llamados a preparar la celebración de los divinos misterios, especialmente a los sacerdotes que ejercen el ministerio de la presidencia litúrgica, a mantener siempre ese respeto por los textos y ordenanzas de la liturgia", afirmó.
El Papa añadió que esta actitud debe nacer de una disposición interior de confianza en Dios, vivida con humildad ante su grandeza y con una sincera fidelidad a la comunión eclesial, subrayando que toda auténtica renovación debe fortalecer —y nunca debilitar— la unidad de la Iglesia.