Tribunas

La Venida del Espíritu Santo

 

 

Ernesto Juliá


La Venida del Espíritu Santo.

 

 

 

 

 

“El amor de Dios ha sido infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros” (Rom, 5, 5).

Contemplamos la escena de Pentecostés. Jesucristo cumple su promesa de no dejarnos solos, y nos envía el Espíritu Santo, Dios con nosotros, que nos acompaña a lo largo de nuestra vida, si no le abandonamos por el pecado. Él nos “guiará a la verdad completa”. Los Apóstoles y los discípulos pierden el miedo y comienzan a anunciar la vida y la resurrección de Cristo, apenas reciben el Espíritu Santo. Así nosotros.

Con el Espíritu Santo descubrimos que somos “hijas, hijos de Dios, en Cristo Nuestro Señor”. Él nos ilumina para que podamos entender que Cristo es “el Camino, la Verdad y la Vida”: la Fe; Él nos da la fortaleza para que podamos hacer el bien, y no desfallezcamos, aunque nos cueste mucho: la Esperanza; Él nos da la paz, la constancia, para que podamos amar el bien, en la alegría y en el dolor, aunque nos cueste sacrificio y sufrimiento: la Caridad. Y nos dará la alegría de descubrir el Amor con que Dios, Padre, Hijo, Espíritu Santo, nos ama.

“Al cumplirse el día de Pentecostés, estando todos juntos en un mismo lugar, se produjo de repente un ruido proveniente del cielo como el de un viento que sopla impetuosamente, que invadió toda la casa. Aparecieron como lenguas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en lenguas extranjeras, según que el Espíritu les otorgaba expresarse” (Act. 2, 1-4).

Sin lenguas de fuego, nosotros recibimos el Espíritu Santo en todos los Sacramentos, especialmente en el Bautismo: nos convierte en “hijas, hijos de Dios en Nuestro Señor Jesucristo”; en la Confirmación: nos concede la fortaleza para dar testimonio de nuestra Fe, hasta el martirio, si fuera necesario.

En la Eucaristía recibimos a Cristo, y con el Espíritu Santo nos hemos preparado antes para vivir el Amor que Dios nos tiene, y llevar adelante el trabajo, la carga nuestra de cada día. En la Reconciliación, nos perdona los pecados “en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”, y nos hace fuertes contra las tentaciones. En el Matrimonio, nos concede la gracia de hacer de nuestras casas, “hogares luminosos y alegres”.

El Espíritu Santo, Dios con nosotros, en nosotros, como vivieron los Apóstoles y los primeros discípulos. Los Apóstoles esperaron su llegada; nosotros, elevamos nuestra mirada al Cielo y clamamos:

“Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz”.

Su luz nos hace descubrir en el fondo de nuestra alma la realidad de que somos hijos de Dios, y que el amor de Dios habita en nosotros.

Los Apóstoles, movidos por el Espíritu Santo, comenzaron a anunciar la Resurrección de Cristo y la Vida Eterna. Nosotros le pedimos que nos llene de Fe, de Esperanza, de Caridad.

De Fe, con el don de Piedad, y podamos así elevar nuestra mirada al Cielo y vivamos de su amor: “Consolador optimo, dulce huésped del alma, dulce refrigerio”. De Esperanza, con el don de Fortaleza, para que sea para nosotros “Descanso en el trabajo, en el ardor tranquilidad, consuelo en el llanto”. De Caridad, con el don de Sabiduría, para que descubramos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo a nuestro lado, en nuestro corazón, cuando amamos a los demás, cuando servimos a quienes nos rodean, cuando nos sacrificamos por los que viven y trabajan con nosotros.

La Virgen María, la Llena de Gracia, prepara nuestra alma para recibir al Espíritu Santo, y vivamos con Ella, con Alegría y con Paz. Con Ella y con toda la Iglesia rezamos: "Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor".

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com