El trabajo en una sociedad global economicista
01/05/2026 | por Grupo Areópago
El trabajo como dimensión significativa y dignificante de la persona ha sido siempre en todas las culturas y civilizaciones uno de los pilares básicos para construir la vida personal y social. Los más importantes proyectos y programas institucionales del mundo actual entre los que se encuentran la Declaración Universal de los Derechos Humanos y nuestra Constitución lo refrendan como uno de los derechos fundamentales de la persona para su realización humana.
El Día del trabajo que se celebra en la mayoría de los países del mundo es uno de los momentos más importantes de nuestro calendario; no solo para reivindicar el trabajo digno y la protección laboral de los trabajadores -ya de por sí esencial y significativo-, sino también para reflexionar sobre cómo avanzar en el cumplimiento de este derecho fundamental desde la perspectiva de los signos que ofrecen los nuevos tiempos.
Es sin duda un día pertinente para denunciar las reivindicaciones tradicionales -hoy acentuadas en algunos de sus aspectos- del mundo obrero y del trabajo: la superación de la brecha salarial hombre-mujer, la lucha contra la precariedad laboral, el incremento de los salarios, la reducción de la jornada laboral, la protección social frente al desempleo, la seguridad en el trabajo…; pero también, en este mundo nuevo de cambios constantes y profundos inmerso en una cultura economicista y deshumanizadora y mediatizado por las nuevas tecnologías, es momento propicio para iniciar procesos de reflexión y discernimiento en búsqueda de respuestas sólidas y profundas para repensar nuestra vida social desde una perspectiva humanizadora del trabajo.
La sociedad actual se rige y se mueve por unos principios, actitudes y valores que otorga la primacía absoluta a lo económico por encima de otros aspectos sociales, políticos o culturales de gran trascendencia para el bien vivir. Toda la complejidad humana y social del mundo actual se reduce a números. La eficacia y sobre todo el beneficio traducido en dinero se ha convertido en núcleo fundamental y paradigmático de nuestras vidas, con olvido de otros valores humanos, éticos, sociales o medioambientales tan necesarios para el crecimiento de la persona y el desarrollo de una sociedad sana. Es el triunfo del economicismo. En el hoy cotidiano, desde las personas hasta las instituciones, están siendo corroídas por este virus deshumanizador. El mundo del trabajo se desarrolla en esta cultura economicista bajo el paraguas de un paradigma que mantiene como postulado prioritario el crecimiento económico ilimitado con el único objetivo de maximizar beneficios materiales sin referenciales éticos que lo limiten. El trabajo en este modelo socioeconómico pierde todo su valor humanizador.
Urge pues hoy impulsar una cultura del trabajo que sirva de contrapeso al economicismo vigente. Cultura que promueva como principios básicos la consideración del trabajo como dimensión humana para que una persona desarrolle sus capacidades, fortalezca su autoestima al sentirse útil, y configure su identidad cubriendo de un modo honesto y digno sus necesidades vitales y las de su familia. Se trata, pues, de repensar el trabajo y su problemática como instrumento de realización y dignificación de la persona y como medio de participación en la construcción de una sociedad más justa.
La tradición cristiana siempre ha defendido el valor y la dignidad del trabajo: desde su posicionamiento en la época clásica grecorromana que lo despreciaba como tarea de esclavos -pasando por el “ora et labora” medieval que lo sublimaba- hasta nuestros días que señala como principio antropológico básico de humanización social su prioridad frente al capital. Por ello, en esta sociedad economicista dominante, sus principios y criterios para la reflexión han de ser elementos referenciales en esta tarea hoy tan poco propicia para la búsqueda de respuestas transformadoras y dignificadoras en el mundo laboral.
GRUPO AREÓPAGO