Opinión
28/04/2026
Las heridas de Blanca
José María Alsina Casanova
Blanca, la pequeña herida por perros en Talavera de la Reina.
Foto cedida por sus padres para Religión Confidencial.

Suelo escribir esta columna de vez en cuando, cuando lo que llevo dentro ha madurado lo suficiente como para convertirse en palabra; cuando una experiencia, rumiada durante días, termina incluso haciéndose oración.
Esta vez no he podido esperar: lo vivido ayer por la tarde en el Hospital Provincial de Toledo me empuja a escribir con urgencia, casi con temblor.
Fui a visitar a Blanca, una niña de apenas 22 meses, herida brutalmente por unos perros en Talavera de la Reina el pasado domingo 19 de abril. Aquella misma tarde corrí hacia el hospital, avisado por las religiosas del colegio de Blanquita.
Recuerdo bien la llegada: el silencio tenso de los pasillos, la gravedad suspendida en el aire. Avanzamos por el hospital con el capellán, D. Jesús, que entró en la sala donde le realizaban pruebas. Blanca había llegado en estado crítico y allí, en medio de la fragilidad más absoluta, recibió la unción de enfermos.
En la puerta de la sala me quedé junto a sus padres, Javi y Esther, unidos por el mismo dolor. Rezamos en silencio y escuché sus palabras entrecortadas, sostenidas apenas por la esperanza. El miedo a perderla lo llenaba todo y, como quien se agarra a lo único firme, rezamos el Ave María a la Niña María, tan querida en el colegio.
Al poco, salió el equipo médico. Blanca iba en una pequeña camilla; me acerqué, la bendije junto a sus padres y subimos hacia la UCI. En aquel ascensor, estrecho y cargado de angustia, no pude contener las lágrimas.
Ayer volví, una semana después, y la escena era otra. Blanca descansaba en brazos de su padre, despierta, arropada con una ternura infinita. Su madre irradiaba una alegría serena, la de quien empieza a respirar después de haber contenido el aliento demasiado tiempo. Una cadena inmensa de oraciones y el amor de tantos habían abierto paso a la vida.
Hablamos largo rato y, al final, cuando Esther la cambiaba, vi su cuerpo: magullado, herido, marcado por la violencia. No había rincón sin señales —rasguños, moratones, suturas—, una geografía del dolor dibujada sobre su piel. Sentí de nuevo el nudo en la garganta; esta vez logré contener las lágrimas, pero la imagen quedó grabada en mí.
Ya de noche, antes de descansar, hice lo de siempre: me acerqué al sagrario de mi comunidad. En el silencio levanté la mirada al crucifijo y entonces lo entendí de otro modo. El cuerpo de Cristo, cubierto de heridas, se me hizo cercano, concreto, casi tangible. Pensé en Blanca, en sus padres, en la Iglesia, en este mundo tantas veces desgarrado.
Y entonces sí, sin resistencia, dejé correr las lágrimas.
Recordé una pregunta que el papa Francisco solía dirigir a los sacerdotes: «¿Cuándo fue la última vez que has llorado?». Aquella noche, la respuesta era evidente y también el examen de conciencia fue distinto: más hondo y verdadero.
Mirando a Jesús, contemplando su cuerpo herido —santo y golpeado a la vez—, pedí perdón por mis pecados y di gracias. Recé por Blanca, por sus padres, por mis hermanos sacerdotes, por esta humanidad herida…
Y, en ese silencio lleno de presencia, brotó de mi interior una oración final, sencilla y cierta:
¡Tus heridas nos han curado!