Tribunas
28/04/2026
Cervantes, de reojo
Carola Minguet Civera
Doctora en CC. de la Información.
Responsable de Comunicación de la Universidad Católica de Valencia.
El Quijote en Barcelona.
Augusto Ferrer Dalmau.

Hay escritores que uno imagina en mármol, con esa solemnidad de museo que vuelve la literatura una sala de espera. Y luego está Cervantes, que no se deja embalsamar: se te sienta al lado, sonríe y, mientras tú te crees muy serio, desmonta la seriedad como quien desarma un reloj para enseñarnos lo que late dentro. Gonzalo Celorio lo dijo esta semana con sencillez: «De reojo, Miguel de Cervantes vigila mi escritura…».
Vigila, sí, pero no como los censores, sino como lo hacen los padres cuando el hijo aprende a andar: atentos a la caída para que el golpe no le quite las ganas de caminar.
Celorio lo confesó en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares durante la entrega del Premio Cervantes 2025. Habló menos del galardón que de lo premiable: la novela, la palabra. Y se agradece que no invocase a Cervantes como un nombre célebre que aprender a citar cuando se quiere quedar bien.
Porque Cervantes «vigila de reojo», no de frente. La mirada frontal es de estatua; la suya, despierta.
Nos hemos acostumbrado a tratar el Quijote como si fuese un objeto de lujo: se exhibe, se barniza. Y entonces acaba siendo más un signo de estatus que una experiencia. Pero Cervantes no escribió una vitrina: escribió una intemperie. Y en la intemperie no se posa uno con gesto engolado; en la intemperie, o te agarras o te rompes. Ahí resulta útil una idea en la que insistió el autor mexicano: el humor cervantino, no como adorno, sino como cuerda de agarre. Cervantes hizo del humor un instrumento de precisión. La risa, en él, no es evasión; es desvelamiento. Se ríe para ver mejor, y también para que nosotros veamos sin tanta pose.
Quizá por eso convendría dejar de llamar «clásico» al Quijote como quien lo convierte en pieza catalogada. O, mejor aún, entender que «clásico» es lo que no caduca, aunque cambie el calendario. Cuando decimos «obra maestra» no hablamos sólo de deleite estético: hablamos de una brújula. De un libro que orienta la marcha y alumbra el pensamiento. Y esto —que suena grandilocuente— es, en realidad, lo contrario de la grandilocuencia: la constatación humilde de que hay textos que se leen para no perderse del todo.
Celorio habló también de la libertad, y por eso el Quijote es «un clásico», porque es un espejo. Se dijo —y conviene repetirlo— que «la novela es un género libertario». No es una frase decorativa: es una afirmación con consecuencias. Si la novela es libertaria, entonces la lectura no es sólo entretenimiento ni instrucción: es una gimnasia del juicio. Leer el Quijote es aprender a sospechar de los caprichos ideológicos del momento. La libertad cervantina consiste en preservar un espacio interior que el mundo no logra colonizar del todo.
Y hay, además, otra libertad que Cervantes enseña sin predicarla: la de aceptar la realidad tal como es, pero sin rendirse a ella. La vida real un día es tragedia y al minuto siguiente esperanza; un duelo puede descubrir ternura; una catástrofe trae, tantas veces, solidaridad. Sólo los manuales están bien ordenados. Por eso la literatura que pretende ser demasiado pura termina oliendo a formol. Cervantes, en cambio, escribe como vive: mezclando.
El Premio Cervantes tuvo este año un detalle simbólico que da para una columna entera: el homenajeado recordó los lazos entre México y España y citó aquella idea de Carlos Fuentes, el célebre «territorio de la Mancha». La frase es preciosa porque desplaza el mapa. La Mancha ya no es sólo una región; es una ciudadanía invisible hecha de lengua y de imaginación. Es el lugar donde el ideal se golpea con la realidad y, en el golpe, uno descubre si el ideal era vanidad o vocación. Es, en suma, la patria de quienes se niegan a aceptar que el mundo sea únicamente lo que el mundo proclama de sí mismo.
Y aquí cabe rescatar una palabra que Cervantes maneja para pellizcarnos: la derrota. Nuestra sociedad, tan adicta al ranking y a la palmadita pública, tiende a tratarla como una peste: se aísla al fracasado, se le pone mascarilla social y se le retira el saludo, no vaya a contagiar su mala suerte. Cervantes, en cambio, nos enseña otra cosa: que hay derrotas que funcionan como un termómetro de la fidelidad. No extraña que nuestro tiempo tienda a llamar sensatez a la claudicación y madurez a la renuncia bien peinada.
Lo explica muy bien Juan Manuel de Prada en su tribuna «La filosofía quijotesca»: en la playa de Barcelona le piden a don Quijote algo peor que el retiro: le piden una transacción. Que reniegue de Dulcinea, que cambie sus principios por la supervivencia, que confunda la fuerza del brazo con la sustancia de lo amado. Y ahí el caballero vencido se vuelve invencible: podrá aceptar el retiro, pero no aceptará la apostasía. Porque lo que se defiende no se mide por el éxito, sino por la verdad; y a veces una derrota permite que esa verdad resplandezca con mayor claridad. Entonces se comprende que esta novela mayúscula es la historia de un hombre que se niega a negociar lo esencial.
De ahí que Cervantes siga «vigilando». Nos vigila cuando confundimos la cultura con decoración y la libertad con una consigna. Nos vigila cuando creemos que la seriedad nos salva de la estupidez o que la indignación nos exime de pensar. Y nos vigila, sobre todo, cuando nos tomamos demasiado en serio, porque entonces llega el Quijote con su locura misericordiosa y nos recuerda que la dignidad consiste en seguir andando, incluso cojeando.
Tal vez por eso convenga volver a él como quien vuelve a una fuente: para beber. Porque el Quijote es, en el fondo, una escuela de libertad austera: enseña a reír sin cinismo, a soñar sin idiotez, a perder sin convertir la derrota en abandono. Y cuando alguien, como Celorio, dice que Cervantes vigila su escritura «de reojo», uno entiende que lo hace para recordarnos que la literatura, cuando es verdadera, nos devuelve la altura de lo humano.