Tribunas

Familia: ¿revive la familia?

 

 

Ernesto Juliá


El Papa León con una familia.

 

 

 

 

 

Hace algunos años cayó en mis manos el resultado de una encuesta, extendida a toda Europa, que preguntaba la confianza que tenían los encuestados sobre las diversas organizaciones que mantienen viva una sociedad.

Los datos descubrían que un número cada vez mayor de ciudadanos desconfiaba de forma creciente de los estados, de los gobiernos, de los organismos oficiales, etc. A la vez, un noventa por ciento de los entrevistados reconocía abiertamente que había recuperado una mayor esperanza y una firme confianza en la Familia.

No siempre es fácil, y mucho menos conveniente, dar credibilidad total a las encuestas, y más si tenemos en cuenta la influencia de lo que llaman civilización “woke” y el reconocimiento legal a las uniones del mismo sexo, tan extendidas en los aglomerados humanos actuales. Hay muchos imponderables que influyen en los entrevistados y que, en no pocas ocasiones, condicionan sus respuestas.

Esta vez, los indicios son a favor de que los datos corresponden a la realidad: primero, porque se refiere a la familia; y segundo, porque la noticia, recogida solamente un día en una parte de la prensa europea, desapareció al día siguiente de la casi totalidad de los periódicos.

Órganos de prensa que normalmente resaltan los divorcios, las separaciones familiares, las uniones fuera de cualquier moral, y de cualquier asomo de legalidad, etc., se han visto obligados a reconocer una realidad bien contraria de la que ellos divulgan con su propaganda. Menos mal que, al menos, han tenido la honradez de dar la noticia un día; y eso les honra.

Esta encuesta fue en su día un indicio todavía muy pequeño, para que podamos hablar de un retorno del cariño, en toda regla, a la institución familiar, de un reconocimiento de las palabras de Jesucristo señalando: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mateo 19, 6). No podemos negar, sin embargo, que fue una señal de un renacer del anhelo de tantos hombres y de tantas mujeres de encontrar un ámbito donde vivir con la serenidad necesaria para llevar adelante las alegrías, los sinsabores, las ansias y las calmas de cada día. Y esta señal sigue muy viva en estos días.

El hombre y la mujer, desde su creación, llevan en su espíritu el recuerdo y la memoria de una familia. Todos hemos llegado a esta tierra en un cauce ya determinado y bien preciso; ninguno nos hemos hecho la primera cuna que acogió nuestro cuerpo; y hemos venido al mundo con una herencia que no nos abandonará nunca: la sangre y el ADN de nuestros padres.

Cada uno puede eliminar de su memoria recuerdos amargos o alegres de su vida; lo que no podrá jamás eliminar es la memoria de quienes le han dado la vida. Y, si en alguna ocasión pretendemos olvidarnos, bastará un gesto, una sonrisa, un llanto, un modo de caminar, un suspiro, para que la memoria de nuestros progenitores vuelva a estar delante de nosotros, con la sonrisa amable de quienes se saben transmisores de algo que les supera: el don divino del vivir.

Es cierto que no todo son rosas dentro de los núcleos familiares. Yo reconozco que me adolora ver hermanos divididos por cuestiones de dinero, de propiedades, de rencillas, etc.; parientes que no se hablan desde hace años porque alguien dijo una palabra de más, o de menos. Son las grietas de la vida que todos hemos de ayudar a reparar: perdonando, pidiendo perdón, rezando.

Tengo la impresión de que, de verdad y no obstante el número de divorcios que se dan en nuestros días, que la nostalgia de la Familia está reviviendo en muchos corazones e inteligencias jóvenes, que dejan de vivir en “pareja” y se casan en la Iglesia; que rompen los egoísmos de pensar exclusivamente en sí mismos, y son conscientes de que la familia la construye un vínculo ante Dios, y que llevar adelante la enfermedad de una esposa, de una madre, de un padre, de un hijo, hace revivir en el espíritu ese deseo de Cristo sobre la familia: “lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”.

Una vez más volvemos a poner los ojos en esa institución que Dios tuvo la buena idea de establecer ya en el paraíso terrenal: la familia construida ante la mirada de Dios, sobre el amor de un hombre y de una mujer; y en cuyo seno, ya desde los albores de su vida, el cristiano comienza a vivir ese misterio maravilloso de la solidaridad humana, de la comunión de los santos.

Y el ejemplo que dan tantos padres y tantas madres que llevan con serenidad la enfermedad de sus esposas, de sus esposos, de sus hijos, de sus hijas, es un canto a la fidelidad matrimonial, a la Voluntad de Dios que, además de conmovernos a quienes les conocemos, es una llave maestra para la amistad amorosa con Dios y para abrir las puertas del Cielo.

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com