Tribunas

El Papa, Trump, Vance y Rubio

 

 

Antonio-Carlos Pereira Menaut


El Papa León XIV recibe al presidente francés Macron
en audiencia privada.
(ANSA).

 

 

 

 

La verdad, me dan pena Vance y Rubio, ambos católicos. No deberían dejar que el Papa fuera casi insultado, aunque les costara el cargo. Deberían dar ejemplo y decir, como Sto. Tomás Moro: “leal servidor del Rey, pero primero de Dios”. Vance, que no es precisamente tonto ni malo, vino a decir que el Papa se limite a la moral. Pero, ¿acaso las guerras, como toda acción política, están exentas de enjuiciamiento moral?

Salvo por sus modales (y su pelo anaranjado), Trump no es ni con mucho el gobernante más criticable desde el derecho natural y la moral. Hace cosas buenas, y muchas. Como dice Ballesteros, es el único político cuyas palabras son peores que sus hechos; todo lo contrario de “ni una mala palabra ni una buena acción”, tan frecuente por estos lares. Pero lo que hace de malo, lo hace grosera e irrespetuosamente.

Mucho peores que él son Macron, Sánchez, Biden, Von der Leyen y otros, pero no se dedican al ataque directo, ante el cual nadie se puede callar. ¿Resultará que va a ser más difícil llevarse bien con Trump que con otros líderes mucho más contrarios al derecho natural y al cristianismo, pero que nunca ofenderán así al Papa? Ni Kim Jong Un lo hace.

Esto reabre otro aspecto importante. El Papa está reactivando la separación Dios/César, muy necesaria cuando nuestros estados muestran “vocación” de iglesia. La Iglesia estaría recuperando su papel de adjudicadora del derecho natural, con auctoritas pero sin potestas, excelente noticia que corroboraría la necesidad del derecho natural. Contribuiría, así, a un orden internacional con un mínimo sentido, que la ONU y compañía no crean ni mantienen. Los últimos papas —ya el gran Juan Pablo II—, vienen apostando por la ONU y sus reglas (Catecismo, 1911; Compendio, 440). Modestísimamente, eso no parece ser magisterio auténtico, por versar sobre una realidad muy opinable y muy variable, y además, poco acertado.

La ONU no ha solucionado ni una guerra, pero hoy en día sigue algunas políticas anticatólicas (especialmente sus comités, como el CSW, de las mujeres, terreno en el que es beligerante) y pretende que, p. ej., los Principios de Yogyakarta, obliguen en los estados miembros.

Pisemos tierra. La ONU no es un rival para USA, China ni Rusia. Ahora es un rival de la catolicidad de la Iglesia (por favor: universal, sólo la Iglesia; por el bien de la libertad) y de su moralidad, pues segrega una ética universal alternativa bastante opuesta a la moral cristiana. Fiarse de las organizaciones internacionales, después del covid, sería ingenuo. Ojalá los obispos españoles se decidan a enfrentarse, siempre que haga falta, al estado y a los poderes internacionales, en vez de seguirlos como hicieron cuando la pandemia, y siguen haciendo en tantos terrenos (obligación de pagar los muy injustos impuestos, p. ej.).

Pero la réplica de Vance también tiene sus puntos, porque aunque esta guerra es injusta, también es cierto que León XIV habla como la gente de ahora y desliza frases más efectistas que precisas (lo siento; soy jurista). Es virtualmente imposible que ninguna guerra sea justa —¿acaso debería España en 1808 haberse plegado ante Napoleón?— o que ningún combatiente tenga una intención recta. Añádase que a quien tenga el oficio y la carga de decidir se debe reconocer un justo margen de maniobra aunque haga algo mal (cosa segura), mientras no vaya contra el derecho natural (nótese que el margen de libertad no disminuye, sino que aumenta su responsabilidad).

Incluso Mons. Munilla ha sido, quizá, un poco duro de más con Trump, porque a día de hoy está claro que no se le puede hacer un juicio sólo por lo que dice, como no se hace con ningún otro político-vendedor de los de “ni una mala palabra ni una buena acción”. Por otra parte, quien pronuncie tales exageraciones —acabar con una civilización; dejarlos en la edad de piedra— que no se extrañe luego de las reacciones que provoque.

Esta guerra es injusta desde el día cero, aunque muchos americanos, explicablemente, discrepen. La respuesta bélica americana es tan desproporcionada que nunca sería justa. Irán no me cae nada bien, pero no amenaza seriamente a nadie más que a Israel, que le amenaza más a él, y con menos justificación. Hoy, Irán no va a invadir a nadie, mientras que Israel expropia territorios ajenos y acaba con Gaza sin ningún pudor y como si el derecho y la justicia no existieran. El estado de Israel, que no anda sobrado de legitimidad, cada vez la daña más, en vez de consolidarla por prescripción pacífica.

En cuanto a armas nucleares, Irán tiene tanto derecho (o tan poco; yo diría que ninguno) como Israel. Pero no olvidemos que hoy la supremacía digital puede ser tan importante o más que la nuclear, y esa supremacía y ese control los tiene Israel sobre Irán y sobre medio mundo, hasta sobre mí, pobre profesor jubilado. O sea que aspirar a a la bomba nuclear, aunque personalmente no lo recomendaría a nadie, ha venido a resultar menos decisivo para emitir una condena moral total contra un país.

 

 

Antonio-Carlos Pereira Menaut
es profesor de Derecho
y autor de La Sociedad del Delirio