Tribunas

Raíces que rebrotan

 

 

Ernesto Juliá


Catedral de Senlis.

 

 

 

 

 

Son frecuentes las alusiones a un renacer de la vida cristiana en algunos países de Europa. El número de personas adultas, y de un buen grupo de jóvenes, que reciben el Bautismo va aumentando en los últimos años. Algunos acontecimientos con canciones y veneración del Santísimo Sacramento con la participación de un buen número de personas; el reverdecer de algunas procesiones durante la Semana Santa, etc., que han tenido lugar en los últimos años, han dado lugar a preguntas sobre el posible “renacer religioso” en personas, hombres y mujeres, de las nuevas generaciones.

Y es cierto; todos esos son signos de que algo está ocurriendo. Y no me refiero a la presencia de multitudes en acontecimientos semejantes. Me refiero a lo que esos acontecimientos puedan señalar: el revivir de la Fe en Cristo, Dios y hombre verdadero, en cada uno de los participantes; el multiplicarse el número de los que acuden al Sacramento de la Penitencia, la Confesión; el aumentar los matrimonios que se casan en la Iglesia.

Hace apenas pocas semanas tuve ocasión de recibir la noticia de lo ocurrido en un pueblo en el que habían destrozado un Crucero que llevaba en la plaza Mayor más de cien años, y tirado los trozos al estercolero. Un grupo de gente joven y de mediana edad había promovido una campaña para reconstruir el Crucero, y volverlo a situar en su lugar. Con paciencia, con mucha serenidad, fueron venciendo los obstáculos que se les presentaron. Al final, lo consiguieron; el párroco revestido como lo exigía la ocasión, había bendecido la nueva Cruz y había animado a los participantes en el acto, a renovar sus oraciones a Cristo y a su Santísima Madre, por la paz y la buena amistad de todos los habitantes de la comarca.

Al lado de estas buenas noticias, hace unos días un amigo me contó lo que le había pasado con un conocido que le invitó a comer en su casa. Si no lo hubiera sugerido él, nadie bendecía la mesa. Ni en las paredes, ni en ningún rincón de la casa mi amigo encontró una imagen del Señor, de Santa María; nada que en la tierra recordase el cielo. “Mi casa no es una iglesia”, le respondió a mi amigo el dueño de la casa, cuando se lo hizo notar. Después de quedar en silencio unos minutos, mi amigo le comentó: “Pero tú no eres cristiano sólo cuando vas a la Iglesia.

Si tienes fotos de familia, de amigos, cuadros de paisajes conocidos, ¿por qué no tener también algún cuadro que os recuerde a ti, a tu mujer, a tus hijos, que Dios está también en este lugar?” Le replicó que todo eso era una pequeñez, y que no le daba ninguna importancia. Mi amigo lo aceptó, y a la vez tuvo la valentía de recordarle que cuando Europa comenzó a ser cristiana, a la entrada de los pueblos, en los cruces de los caminos, surgieron los Crucifijos que todavía hoy se ven en algunas partes. Y que una “pequeñez” semejante, había ayudado a mantener viva la Fe por siglos.

Es bueno estar atentos a esos signos de un cierto “renacer religioso”, y no dejarse influir por la insistencia –también de los medios de comunicación- en señalar los aspectos negativos de degradación de la Fe católica. A veces puede dar la impresión de que, incluso entre los creyentes, se ha introducido la idea de que lo cristiano no es más que otra manifestación del sentimiento religioso del hombre, y que, como tantas otras religiones de las que ya no queda rastro, la Iglesia está a punto de agostar su mensaje y su influencia en la sociedad: los divorcios, los abortos, la violencia, el egoísmo, el materialismo, la búsqueda ilimitada del placer, la pérdida del sentido del pecado, etc., etc., serían la prueba.

Dos mil años de cristianismo han dado origen a mucho bien, y a la vez, es patente que no han conseguido convertir a todo y a cada uno de los cristianos en unos santos. La conversión a Cristo, Dios y hombre verdadero, es cosa muy personal, de todos los días, y exige un empeño decidido. Pero también es verdad que, incluso en lugares donde la savia está menos viva, la herencia de siglos ha dejado una huella orientadora que mantiene abierto los caminos hacia el Señor.

De regreso a París, en un viaje hace años, escogimos pasar por Senlis. Divisamos la torre de la Catedral a unos veinte kilómetros de distancia, y nos anunció la meta del camino. La Catedral se comenzó a construir en el siglo XII, terminada en el XIII, agrandada en el XVI, restaurada en el XIX, y entonces estaba de nuevo en obras. La aguja de la torre sigue acompañando a los caminantes, y animándoles a mirar al cielo, también en nuestro siglo XXI.Y, si algún obús la destruye, como fue el caso de tantas otras catedrales de la zona durante la Primera Guerra mundial, o como ha sucedido con el fuego en Notre Dame, habrá nuevas manos que la volverán a levantar.

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com