Tribunas

Es difícil no estar de acuerdo con don Luis Argüello

 

 

José Francisco Serrano Oceja


Cayetana Álvarez de Toledo, Jesús Avezuela
(director general de la Fundación Pablo VI)
y Mons. Luis Argüello.

Foto: Fundación Pablo VI.

 

 

 

 

Es innegable que la Fundación Pablo VI se ha convertido en un referente informativo para la vida social y eclesial española en los últimos días.

Si en la columna pasada hacía referencia a una conversación sobre la religiosidad en la España de hoy, no puedo por menos referirme ahora al diálogo que, el martes pasado, mantuvieron, en esa Fundación, el presidente de la Conferencia Episcopal, y siempre arzobispo de Valladolid, monseñor Luis Argüello, y la diputada del PP, Cayetana Álvarez de Toledo.

Hay que destacar que la Fundación Pablo VI está empeñada en el diálogo social, en la amistad cívica. Y que don Luis Argüello ha sido un invitado frecuente y un actor principal en la propuesta ejemplar y pedagógica de esa forma necesaria de convivencia pública.

Hay quienes pueden pensar que la contribución de la Iglesia a la construcción de una sociedad volcada en los derechos humanos y en el progreso social se realiza mediante un ejercicio de acoplamiento al estatus quo, de adaptación a las tendencias sociales, que suelen ser demoscópicas por inducción de la política partidista.

La contribución de la Iglesia a la sociedad se hace, en primera instancia, en lo específico de la Iglesia, que es la presencia del Evangelio. Un Evangelio también de la verdad. Pero la expresión de la verdad, más allá de retóricas al uso, también debe estar impregnada del adecuado juicio.

Cayetana, que representa un perfil muy acusado dentro del PP, heroína del cuerpo a cuerpo en el Congreso, se confesó al principio del diálogo como agnóstica pero reconocedora y agradecida a la tradición cristiana.

Que conste que la Cayetana que más me gusta es la de su tesis doctoral de Oxford, la dedicada al obispo Juan de Palafox y Mendoza. No sé si mis amigos jesuitas estarán de acuerdo conmigo.

Don Luis estuvo un poco más pausado de lo habitual, con su notable capacidad de análisis de las corrientes de fondo de la sociedad, ofreciendo titulares en todo momento y con una fácil articulación y presentación de argumentos de la propuesta cristiana.

Uno no puede no estar de acuerdo con dos Luis en su diagnóstico de lo que nos pasa, porque él sabe bien lo que nos pasa.

Pero en algo en lo que ahora estoy más de acuerdo todavía es en su reivindicación “de la tradición a la que yo pertenezco -dijo-, la de la militancia”. Una militancia, “el combate espiritual”, de neto origen paulino, que, recuerdo, yo le escuchaba a Julián Gómez del Castillo en mis viajes a su casa con mi compañero Santiago Olmeda. Y que cada vez más añoro.

Sí, ante el asentamiento y riesgo de modelos de cristianismo trufados de emotivismo burgués, por un lado, y de humanismo naturalizante de buen rollito por otro, la reivindicación de la militancia, de la necesidad no obviar la lucha contra el pecado, en la perspectiva de entender la gracia como don, incluso como belleza, guiño al último Sorrentino, y de apostar a fondo por la verdad, y no por el buenismo eclesial, me parece prioritaria.

Atentos a las militancias cristiano-sociales que han terminado fagocitadas por el sistema político y social, militancias fragmentadas y unívocas de transmutaciones ideológicas, que fueron un riesgo emergente del pontificado del Papa Francisco por la afluencia de no pocos procesos de los años sesenta. Instrumentalizando al recordado Papa Francisco.

La militancia de la que hablo es la militancia de la comprensión antropológica, la militancia de la verdad sinfónica como servicio, no como dialéctica, la militancia de una propuesta de la dignidad humana, la dignidad espiritual y el bien común, sin disociaciones, ni conversiones interesadas en polos de lo multifuncional y factorial del sistema. Una militancia que reivindique la libertad que nace de la verdad, también en la Iglesia.

Por lo demás, vean por favor aquí el diálogo, https://www.fpablovi.org

Les servirá de reto, también para el pensamiento y para la mejor formulación de propuesta cristiana en esta sociedad en la que no se han disuelto las incomprensiones sobre la Iglesia, que ahora están aflorando en los previos del viaje del Papa.

 

 

José Francisco Serrano Oceja