Tribunas

El silencio del amanecer de Pascua

 

 

Ernesto Juliá


Testigos de la Resurrección. María Magdalena.

 

 

 

 

 

Estamos viviendo este tiempo Pascual que nos hace presente, a lo largo de sus semanas de duración, la alegría, la Luz y el esplendor de la Resurrección de Jesucristo, el Señor.

Lope de Vega termina el Romancero espiritual con el canto al entierro de Cristo. Los versos dedicados a la soledad de la Virgen me parece que son más bien intentos para cubrir la incapacidad de encontrar la poesía adecuada a la Resurrección; no consiguió pasar, con su poesía, el umbral de la muerte.

A mí, y lo reconozco con toda sinceridad, me anhela paladear el silencio de la mañana del Domingo de Resurrección. Un silencio que es vida en el misterio del triunfo del Amor de Dios, en la muerte de Cristo, sobre el pecado y la muerte.

Los momentos de la Pasión han sido presenciados por multitud de personas: todas han podido gritar, llorar, reírse, mofarse, compadecerse, contemplando a Jesucristo ante Herodes, ante Caifás, abofeteado, escupido, a merced de quien quisiera poner su mano sobre Él, con la Cruz a cuestas. Después del ir y venir de la Semana Santa, entre afanes de palacio y trajines de tribunales, juicios, etc., se podría prever que la Resurrección tendría lugar en un escenario grandioso, que manifestase a todos los hombres, creyentes y no creyentes, la Omnipotencia de Dios. Así lo sueña todavía hoy un poeta amigo, Ibañez Langlois: “Que la Iglesia lo grite en lo alto de las montañas y en los abismos/ que lo haga estallar por dentro de las cabezas y que este sol / y el sistema solar y la vía láctea y el universo/ se desplomen sobre sí mismos porque Cristo resucitó”. No fue así, y nunca será así.

En el momento de la Resurrección Cristo estaba “solo”, a su alrededor, silencio. La buena nueva apenas se hizo camino en la ciudad de Jerusalén. Los más interesados –los Apóstoles- dudaban entre los impulsos de su corazón y la ceguera de sus ojos y de su mente. Era comprensible, abatidos como estaban de tanto fracaso, de tanta desilusión, de tanta traición. El huerto de los olivos, los azotes en la columna, el desprecio del Sanedrín, ... estaban demasiado vivos, y no querían disponerse a nuevos desengaños. No era un cálculo egoísta: ni falta de fe. Sencillamente, sus ojos necesitaban rehacerse para apreciar la Luz en su lento y firme crecer, hasta que llegue a convertir el día en “un día sin noche y sin fin”.

Me aconteció, hace ya años, un anochecer de sábado santo en Sevilla. Volvía a casa después de acompañar el Santo Entierro. Iba en silencio, ligeramente ensimismado. En un cruce de calles, un grupo de jóvenes había comenzado a batir palmas. Un hombre, ya entrado en años se paró para hacerles considerar si las palmas eran oportunas en aquel momento. La respuesta fue unánime: “Mañana resucitará”.

La noticia de la Resurrección de Cristo es acogida paso a paso, gota a gota. La tristeza de la muerte se convierte en gozo inconfesado por faltar palabras- ante la Vida, ante la nueva libertad, porque el hombre rompe en Cristo todas las amarras de la tristeza, del pecado, de la muerte.

Cristo ha cruzado el vado de la muerte, apenas sin dejarse ver, como en su nacimiento cruzó el vado de la vida humana. Ahora, su Luz llenará el mundo –“resplandecerá por doquier, por doquier irradiará, en ningún lugar tramontará”, y el hombre que reciba esta Luz, gozará para siempre, en el silencio de su corazón y de su alma, de la victoria sobre el pecado, y sobre el último enemigo que lo podía separar de Dios: la Muerte.

 

 

Ernesto Juliá Díaz
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