Tribunas

Extraordinarias intervenciones del Papa León XIV

 

 

José Francisco Serrano Oceja


El Papa, con seminaristas españoles.
Vatican Media.

 

 

 

 

No diré que he leído todo lo que el Papa León XIV está diciendo, o publicando, pero sí puedo asegurar que he dedicado tiempo a la mayoría de sus intervenciones.

Cada vez me parece que se supera en su magisterio, en el contenido de su propuesta, en las temáticas que sugiere, incluso en el estilo en el que están redactados sus escritos.

Tengo la sensación de volver a escuchar los ecos del magisterio ordinario de Benedicto XVI, quizá por esa impresión que da de no perder tiempo con formulaciones pretenciosas, originales, sino con propuestas sobre lo esencial.

Diría incluso que, a medida que pasa el tiempo, se va despegando de quien le precedió, incluso en las citas, y va tomando densidad en una perspectiva más amplia, que, por otra parte, está presente desde el principio de su pontificado.

Podría poner varios ejemplos últimos de lo extraordinario de sus intervenciones. Aquí ya glosé el magnífico discurso a los curas de Madrid. Ahora añadiré dos a modo de cata.

El primero dedicado al Acontecimiento Guadalupano, con motivo de un Congreso Teológico-Pastoral celebrado en Ciudad de Méjico.

Me ha sorprendido que, en un contexto de emergencia del indigenismo, incluso de teologías indigenistas, el Papa asiente una doctrina sobre la inculturación tan precisa como clara.

Dijo, entre otras cuestiones, que “inculturar el Evangelio es, desde esta convicción, seguir el mismo camino que Dios ha recorrido: entrar con respeto y amor en la historia concreta de los pueblos para que Cristo pueda ser verdaderamente conocido, amado y acogido desde dentro de su propia vivencia humana y cultural. Esto implica asumir las lenguas, los símbolos, las formas de pensar, de sentir y de expresarse de cada pueblo, no sólo como vehículos externos del anuncio, sino como lugares reales en los que la gracia desea habitar y actuar.

Con todo, es necesario aclarar que la inculturación no equivale a una sacralización de las culturas ni a su adopción como marco interpretativo decisivo del mensaje evangélico, ni puede reducirse a una acomodación relativista o a una adaptación superficial del mensaje cristiano, pues ninguna cultura, por valiosa que sea, puede identificarse sin más con la Revelación ni convertirse en criterio último de la fe. Legitimar todo lo culturalmente dado o justificar prácticas, visiones del mundo o estructuras que contradicen el Evangelio y la dignidad de la persona sería desconocer que toda cultura —como toda realidad humana— debe ser iluminada y transformada por la gracia que brota del misterio pascual de Cristo”.

Y, como segunda aportación, una preciosa guinda. Lo que les dijo a los seminaristas españoles este fin de semana. ¿De qué les habló? Del sentido sobrenatural, “el tener una mirada sobrenatural de la realidad”.

“Tener visión sobrenatural -les dijo el Papa- no significa huir de la realidad, sino aprender a reconocer la acción de Dios en lo concreto de cada jornada; una mirada que no se improvisa ni se delega, sino que se aprende y se ejercita en lo ordinario de la vida”.

A lo que añadió: “Lo antinatural no es sólo lo escandaloso, basta con vivir prescindiendo de Dios en lo cotidiano, dejándolo al margen de los criterios y de las decisiones con los que se afronta la existencia.

Y, si esto es cierto para todo cristiano, lo es de un modo particularmente serio en el camino de formación hacia el sacerdocio. ¿Qué podría haber más antinatural que un seminarista o un sacerdote que habla de Dios con familiaridad, pero vive interiormente como si su presencia existiera sólo en el plano de las palabras, y no en el espesor de la vida? Nada sería más peligroso que acostumbrarse a las cosas de Dios sin vivir de Dios. Por eso, en el fondo, todo comienza —y vuelve siempre— a la relación viva y concreta con Aquel que nos ha elegido sin mérito nuestro”.

Por cierto que en las palabras finales del Papa en este discurso dejó claro que la psicología, que tan de moda está ahora en los Seminarios, no es la clave de la vocación, ni del sacerdocio. La clave es la relación con Cristo:

“En el fondo, la mirada sobrenatural nace de lo más sencillo y decisivo de la vocación: estar con el Maestro. Jesús llamó a los que quiso «para que estuvieran con Él» (Mc 3,14). Ese es el fundamento de toda formación sacerdotal, permanecer con Él y dejarse formar desde dentro; ver a Dios actuar y reconocer cómo Él obra en la propia vida y en la de su pueblo. Por eso, aunque los medios humanos, la psicología y las herramientas formativas sean valiosos y necesarios, no pueden sustituir esta relación”.

 

 

José Francisco Serrano Oceja