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El Papa advierte: la fe no se delega en un algoritmo. Por eso, desaconseja preparar las homilías con IA

 

 

 

22/02/26 | Zenón de Elea


 

 

 


El Papa saluda al clero romano en el Aula Pablo VI
el jueves 19 de febrero de 2026.
(@Vatican Media).

 

 

 

El pasado 19 de febrero, en el Aula Pablo VI, el Papa León XIV lanzó al clero romano varias advertencias con argumentos sólidos.

En primer lugar les desaconsejó preparar las homilías con Inteligencia Artificial. “Resistan a la tentación de preparar las homilías con la inteligencia artificial… Para hacer una verdadera homilía, que es compartir la fe, la IA nunca llegará a poder compartir la fe”.

Creo que la advertencia del papa es clara: la IA no es una persona, no puede compartir la fe desde la experiencia, desde el corazón tal y como debe hacerlo un sacerdote. 

León XIV ha puesto el dedo en la llaga. La inteligencia artificial puede ordenar ideas, resumir documentos, sugerir estructuras brillantes. Puede, incluso, imitar un estilo. Pero no puede compartir la fe como debe hacerlo un sacerdote con su pueblo. La homilía no es un ejercicio retórico ni un comentario académico al Evangelio. Es la transmisión de una experiencia viva: el encuentro personal con Cristo. Y eso no nace de un algoritmo, sino del corazón.

Cuando un sacerdote predica, no está ofreciendo simplemente información religiosa. Está entregando algo de sí mismo: sus luchas, su oración, su camino interior. La fe se contagia cuando se percibe que ha sido vivida. Por eso la advertencia del Papa es tan clara. La IA podrá construir un discurso impecable, pero nunca podrá decir “yo he experimentado esto en mi oración”. La fe no se programa; se encarna.

Hay, además, un segundo aspecto que el Papa subrayó: "Al igual que todos los músculos del cuerpo, si no los utilizamos, si no los movemos, mueren, el cerebro necesita ser utilizado, por lo que también nuestra inteligencia, vuestra inteligencia, debe ejercitarse un poco para no perder esta capacidad".

El cerebro es como un músculo. Si no se usa, se atrofia. Si el sacerdote, como cualquier persona, delega constantemente su reflexión en la inteligencia artificial, su propia inteligencia corre el riesgo de volverse perezosa, apagada, seca. Pensar cuesta. Meditar la Palabra cuesta. Preparar una homilía exige tiempo, estudio, silencio, oración.

Y, por último, el Santo Padre recuerda algo vital, como es la vida interior: “Parte de la respuesta es la importancia de una vida de oración… el tiempo de estar con el Señor… Con una vida auténticamente arraigada en Él podemos ofrecer algo que no es nuestro”.

Porque toda evangelización parte primero de la oración, del encuentro personal con Cristo.

Además de la IA, en ese mismo encuentro con el clero romano, el Papa también abordó otras cuestiones muy concretas como fueron la importancia de establecer amistades sanas entre sacerdotes y el peligro de la envidia. Debe ser dos problemas que León XIV esté detectando.

Porque ya sabemos que la soledad mal vivida desgasta y puede hasta corromper. Y sobre la envidia, la comparación constante envenena el corazón. Un presbítero aislado es más vulnerable al desánimo y a la tentación de competir. En cambio, la amistad sincera crea fraternidad, sostiene en las dificultades y recuerda que el ministerio no es una carrera, sino un servicio compartido.

En definitiva, el mensaje del Papa no es un rechazo al progreso tecnológico, sino una defensa de lo esencial. La fe se comparte de persona a persona. La inteligencia se fortalece cuando se ejercita. Y la predicación nace de la oración.