Tribunas
14/02/2026
¿Navegar en un mundo post-papal?
Antonio-Carlos Pereira Menaut
La parroquia de Adamuz
abierta para los afectados por el accidente ferroviario.
Foto: Diócesis de Córdoba.

Al lado de Liliana hablando en la misa por los muertos de Adamuz, la famosa «foto de estado», con los oscuros personajes públicos junto al cadáver del tren, parece como el maniquí del estado; como los hombres huecos posando en la tierra baldía de Eliot. Poco tenían que decir a los familiares de los muertos; poco futuro se ve ahí.
No sabemos cómo terminará este «giro católico» pero hay una vuelta al catolicismo, y fácilmente detectable, en países en los que nadie daría un euro, hace bien poco, por su futuro. Hoy, en España, como ha mostrado la tragedia ferroviaria, la religión tiene presente, y futuro, porque Liliana, con sólo hablar de su madre, la Virgen y Jesús, ya tuvo algo que decir al ser humano. Pero también se vio allí lo que tiene que decir la ética pública española: vacío, nihilismo.
A los nuevos católicos parece no importarles mucho la Conferencia Episcopal, el Sínodo de los Sínodos, los libros del cardenal Fernández... Nacidos contra todo pronóstico, cuando ya ni la decoración navideña habla de Jesús, cuando ni del Vaticano podía uno fiarse del todo, están curtidos. Si se enteran de un escándalo episcopal, no levantan una ceja (mi generación no lo digeriría en un mes). Y si uno dice a otro: “a tu afeminado obispo, ni caso”, seguramente seguirán tomando su café.
Y si mañana se crease (seguro que no, es sólo un ejemplo) un Dicasterio de Originalidades que admitiera que, en realidad, la Iglesia siempre ha sido un montaje, a esos nuevos católicos, que lo que quieren es que les hablen de Dios y del Evangelio, les dará igual. O tal vez organicen una adoración eucarística. Les impacta mucho, en cambio, la viuda de Charlie Kirk, aunque parezca una Barbie, perdonando al que mató a su marido y mostrando la cruz que llevaba cuando fue tiroteado. La gente entiende eso, como entiende a Liliana; el sínodo de la sinodalidad, no mucho (ni yo, lo confieso).
Un poco por la fuerza de los hechos, la gente corriente está captando de una manera muy real que la Iglesia está también en nuestras manos, en parte, por vía de dejación. Quien está «implementando», como dicen los cursis, la relación de la Iglesia con el mundo postmoderno son ellos, simplemente viviendo lo mejor que pueden los diversos momentos y circunstancias de sus vidas.
La imagen del papado cayó como quizá nunca desde siglos atrás. El papa Francisco vivió con la austeridad y el amor a los pobres de un santo, pero muchos se preguntaban con qué nos sorprendería cada mañana, y si sería con guiño heterodoxo, o no. Era imprevisible, en cierto modo como Trump. Algunos parecen haber dicho: “Si ni con el Papa podemos estar tranquilos del todo, aferrémonos a lo que no puede fallar: Jesús, la Virgen”.
También han cambiado las fuentes de la religiosidad. Hoy, hasta nos costaría representarnos un papado como el de mi niñez, servido por un cuerpo compacto de obispos y curas bien formados, como una sólida pirámide. Algunas fuentes públicas reales de este disperso catolicismo: Erika Kirk, algunos influencers conversos, blogs, algunos cantantes y actores, Ruth Pakaluk, algunos buenos curas y obispos mediáticos, como Barron... Tomando distancia, parece como si la tarea de publicitar nuestra fe y guardar la ortodoxia hubiera pasado a esos sectores informales y desarticulados, pero con visiones católicas vibrantes y, algunas, bien formadas, sin importar la casi total desaparición de la formación católica. Más que una pirámide, estamos ante una proliferación de pequeñas casas, cabañas, autocaravanas, junto, también, con serios edificios que siguen en pie. Estos hombres y mujeres andan sueltos por los «nuevos areópagos» (S. Juan Pablo II), pues ya han nacido en ellos.
¿No querían una Iglesia en manos de los laicos? Pues, miren por dónde, e incluso dejando madres y abuelas (mi personal apuesta), ahí la tienen, pero no por reformas institucionales, con nuevos y sorprendentes cargos dados a personas sorprendentes, sino por dejación. No habiendo pirámide, esto parece más un brotar, general y desde abajo, con pequeñas plantas aquí y allá. Alguien lo comparó a una repentina proliferación de setas. Nada que ver con la lógica de que mañana esté, o no, una laica consagrada al frente del estado vaticano, cosa que a muchos nuevos católicos les tiraría de un pie.
Por otra parte, si Dios existe —y lo contrario no es nada fácil— nadie puede impedirle hacer de estas piedras, hijos de Abraham, justo cuando el laicismo creía haber conseguido, por fin, un mundo a-religioso. Así que lo que ahora sucede muestra que quien manda en la historia, e incluso en la meteorología invernal, contra la profecía de la AEMET, es Jesucristo.
Siempre habrá un Papa en el mundo; lo dijo Él, así que «post-papal» es, como poco, inadecuado. (Lo tomé de un detonante titular italiano, arte que los italianos dominan). Sería más correcto «post-jerárquico», pero como la Iglesia también es jerárquica por naturaleza, dejémoslo así, no sea que acabemos incrementando la confusión, como todo profesor que se precie.
Antonio-Carlos Pereira Menaut
es profesor de Derecho
y autor de La Sociedad del Delirio