Colaboraciones

 

La vida humana, cualquier vida humana, no tiene precio

 

 

 

08 agosto, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

¿Acaso no es precisamente eso la libertad?, ¿poder elegir?, ¿qué haya cada vez más opciones?

Los que no cantan a la vida, que es morir, con su belleza laica, son presentados bajo la apariencia de individuos escabrosos, duros, inhumanos, desagradables, o sencillamente ridículos.

En el campo sentimental de la eutanasia se enfrentarían la tolerancia con el dogmatismo; la opinión contra la imposición; la democracia al autoritarismo del tirano; el progreso frente al pecado del conservador. Evidentemente, llegados a este punto, ¿quién no querrá apoyar el progreso?, ¿acaso alguien sería capaz de declararse públicamente intolerante?, ¿se atrevería alguno a no acatar el modo y forma de la actitud democrática? Talante, tolerancia, «pan, amor y fantasía».

Una vez que se ha colgado al contrario el sambenito de la intolerancia, ya no es necesaria ni la escucha ni el respeto: distraído el tema de debate cada uno puede campar por sus respetos. Que se callen los obispos, los cristianos y —en general— cualquier voz disidente: la dictadura silenciosa se ha puesto en marcha. El totalitarismo no es un problema enterrado en el pasado. La manipulación de la propaganda, tampoco.

¿Aceptarían ustedes ser insultados, tachados de retrógrados, encorsetados por los prejuicios innombrables de la incorrección política?, ¿cómo no subirse al carro del progreso? No se puede ser conservador. La expresión en sí misma es fea: nos suena a lata de sardinas, a apretones, a olores rancios y digestiones pesadas. La única verdad es que no hay verdad, la única moral es que no hay moral. Sin raíces, sin pasado, sin imposiciones que no tengan su fundamento en la decisión de la comunidad, sin puntos que nos guíen, solos con nuestros votos y nuestros líderes.

Pero quizás no baste con esto. Sostener una postura limitándose a atacar al contrario es un modo de defensa que casi nunca resiste al análisis racional, a la frialdad con que debe funcionar la mente que quiere hacer pensar que «progresista, sino qué es progreso. ¿Progreso significa afirmar, defender, fomentar al ser humano? Cuenten conmigo. ¿Progreso es un camino hacia la deshumanización, la dictadura de lo pragmático, de la cadena de montaje, de la utilidad económica? Entonces que me olviden. ¿Puede el progreso volverse contra el hombre?, ¿puede el hombre aceptar un progreso que le ataque, que le subordine a planes generales o genéricos?, ¿y si a quien daña no es a usted, sino a aquellas personas que no pueden, no saben, no quieren defenderse?, ¿podríamos en ese caso admitir ese progreso?, ¿deberíamos más bien enfrentarnos contra él?

En democracia no se acepta la xenofobia ni la presencia de partidos neonazis porque se acepta la intuición del valor absoluto de la persona, del Otro, intuición que obliga a poner límites a la «libertad de expresión» o de ideas: hay cosas que no se pueden hacer o defender porque no todo es defendible. ¿Y cuál es el límite? Precisamente el valor absoluto de la persona humana, de manera que sostener o aceptar el dictado de una mayoría, constituye una perfecta incongruencia.

Se podría sostener que en cuestiones relacionadas con la vida «el Sur también existe»: la prepotencia o la colonización no se realizan únicamente sobre los países pobres, sino también contra lo que se consideran «vidas pobres». Llamativamente la Izquierda, el progresismo, no hace nada contra este tipo de opresión, sino que más bien la fomenta. Pero, ¿acaso importa no ser coherentes con los eslóganes en los que nadie cree?

Kant afirmó: «Las cosas pueden tener un valor. Pero todo valor tiene su precio. Los hombres no tienen valor sino dignidad. Y por dignidad se entiende lo que no puede tener precio alguno, porque es sujeto de toda valoración y por ese motivo no puede tener valoración alguna».

La vida humana, cualquier vida humana, no tiene precio. La muerte, como el nacimiento, forma parte del tejido ordinario de la existencia.