Colaboraciones

 

Verdaderos y falsos profetas

 

 

 

24 julio, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

El pueblo de Dios tiene derecho a que le sean brindados criterios para distinguir entre los verdaderos y los falsos profetas. Aquellos viven en plena unidad con la Iglesia y dan testimonio de una acción pastoral que no toma su fuerza del tono y los términos del clamor, sino de la autenticidad y humildad con que ejerce su tarea de ser voz de Dios. La unidad de la Iglesia es para ellos condición para el vigor del Anuncio evangélico. Y parte muy importante de esa unidad es la comunión franca, leal, confiada, respetuosa con aquellos que han recibido la misión de ser los pastores de la Iglesia. Esperan, con el corazón del Padre celestial, el retorno de quienes han abandonado la casa.

Los falsos profetas, en cambio, descuidan el anuncio propiamente evangélico. Se dejan seducir por la tentación de ser estimados como líderes políticos, cargados de promesas revolucionarias y disgregan la comunidad. No transmiten Palabra de Dios, sino lenguaje de hombres: «Yo no envié a esos profetas, y ellos corrían; no les hablé, y ellos profetizaban; …aquí estoy yo contra los profetas —oráculo del Señor— que manejan la lengua para soltar oráculos; aquí estoy yo contra los profetas que cuentan sus sueños faltos y extravían a mi pueblo con sus embustes y su presunción, cuando yo ni los he enviado ni dado órdenes; no aprovecharán a este pueblo» (Jr., 23, 21, 31-32).

El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado únicamente al Magisterio de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo (D. V., 10).