Colaboraciones
En 2026 se cumple el quinto centenario del germen de lo que se conocería como la Escuela de Salamanca
08 julio, 2026 | Javier Úbeda Ibáñez
León M. Gómez Rivas y José Carlos Martín de La Hoz
La escuela de Salamanca. Cuando el pensamiento español iluminó al mundo.
Ed. Almuzara/Sekotia, 2025
ISBN: 978-84-19979-94-0
152 páginas

En escrito publicado en El Independiente:
con el título: «La Escuela de Salamanca, la conquista y la seudociencia», de cuyo autor no quiero acordarme de su nombre, arroja, entre otras, gratuitamente las siguientes bilis (también, Diccionario de la lengua española: cólera, enojo, irritabilidad) o perlas, algunas no demostradas por su parte, con su pluma:
«Precisamente por conocer esta tradición historiográfica y que los propios pensadores españoles del siglo XVI fueron los primeros en la conquista, me resulta difícil comprender determinadas iniciativas académicas actuales de la Universidad de Salamanca (institución donde trabajo), que ha organizado, en el marco de los Cursos de Verano de Santander, un encuentro conmemorativo del V Centenario de la Escuela de Salamanca titulado “De los derechos fundamentales a los derechos digitales y la IA” y que tiene como estrella principal al propagandista argentino Marcelo Gullo, cuyos trabajos sobre la hispanidad están llenos de errores y omisiones, a pesar de que se anuncian como históricos. Aunque, la verdad, quizá no debería sorprenderme tanto después de que la misma universidad haya concedido el doctorado honoris causa al tenista Rafael Nadal como representante de los valores de la Escuela de Salamanca, o de que se haya organizado un Torneo de Golf Conmemorativo de la citada efeméride, en el que cada uno de los dieciocho hoyos del club salmantino de Zarapicos estará dedicado a un concepto o figura clave de la Escuela de Salamanca.
En 2026 se cumple el quinto centenario del germen de lo que se conocería como la Escuela de Salamanca, en la que un grupo de dominicos encabezado por Francisco de Vitoria dio respuesta de una manera original y única a los grandes problemas de su tiempo. Sus efectos llegan hasta nuestros días. Palabras como libertad, justicia, dignidad, derecho o libre mercado se nutrieron del impulso intelectual católico y español que brilló en el mundo gracias a esta escuela y que muchos aún desconocen.
Su original forma de hacer teología creó lo que hoy entendemos como humanismo cristiano y que, intentando responder a los enormes retos de su tiempo, acabaría sosteniendo los cimientos del mundo occidental que hoy conocemos.
La Escuela de Salamanca introdujo novedosas ideas sobre el gobierno que contrastaban con la concepción protestante del poder de los reyes. De este modo, José Carlos Martín de la Hoz destaca «el modo de enfocar la relación del hombre con Dios y entre los hombres en sociedad, y el hecho de que el poder venga de Dios que lo entrega al pueblo y este libremente lo entrega a la corona, hace que la responsabilidad del monarca será la salvación de los hombres».
Este hecho tan fundamental y elevado tenía, sin embargo, consecuencias prácticas como «procurar que los impuestos sean los menos posibles». La Escuela de Salamanca es precursora del libre mercado, pues sus pensadores reflexionaron sobre el concepto del precio justo, el problema de la usura, la propiedad privada, el comercio o los contratos.
La Escuela renovó la escolástica mediante un retorno creativo a santo Tomás de Aquino. No se trataba de repetir fórmulas medievales, sino de desarrollar una teología viva, capaz de integrar la revelación y la razón para iluminar los problemas históricos concretos.
Se abrió un debate acerca de los derechos naturales que, según la Escuela de Salamanca, deben ser reconocidos a todos los hombres, y se aceptó el mestizaje como una consecuencia normal de la convivencia.
En la Escuela de Salamanca merece la pena destacar al dominico Francisco de Vitoria. Su enseñanza no solo renovó los estudios teológicos de su tiempo, sino también los del Derecho Público, siendo el creador del Derecho Internacional, y el fundador de la Escuela española del siglo XVI.
Su idea del Derecho Internacional se basa en la idea de que existe una comunidad universal de todos los pueblos organizados políticamente, fundada en el Derecho natural común. Ya desde tiempo atrás se había afirmado la existencia en todo ser humano de la luz natural de la razón, que a todos los hombres da conciencia de la Ley moral natural. Vitoria da un paso más, y considera que existe también una «razón natural» común a todas las naciones, que constituye lo que él llamó «Derecho de Gentes» de carácter internacional, que tiene verdadera fuerza de ley.
El pensamiento de Vitoria es plenamente moderno, pues atisbó la instauración de un «orden mundial», al que se subordinen los Estados, y la existencia de un «derecho entre las naciones», que amparara los derechos humanos.
La Declaración de Independencia de los Estados Unidos se inspiró en fuentes de la Escuela de Salamanca: Vitoria y Suárez.
Respecto a nuestros principales pensadores, tanto los británicos como los franceses han intentado desplazarlos y minimizar sus aportaciones. Así, en cada intercambio científico sobre tradición democrática y libertades públicas, debería anteponerse la historia de las Comunidades de Castilla o el parlamentarismo leonés a la Revolución Gloriosa o la toma de la Bastilla. Porque mucho antes de ambos sucesos, ya se defendían en España los derechos fundamentales, la dignidad de la persona y la soberanía del pueblo. Y esos mensajes los llevaron los españoles a América a través de las universidades en Santo Domingo, Lima, Ciudad de México o Bogotá.
La Ley perpetua de Ávila (1520) puede ser considerada el primer proyecto de Constitución moderna en Europa, con ideas que salieron del claustro salmantino, cuyas actas deliberativas fueron después quemadas para impedir las represalias imperiales tras la ejecución de Padilla, Bravo y Maldonado.
Ninguna duda hay tampoco sobre las conexiones de la Escuela de Salamanca con el pensamiento de la emancipación americana: «Suárez llegó a ser la influencia intelectual irrefutable en la América española» (Stoetzer, 1966, pág.72). Esta tesis presentada en 1961 en la Universidad de Georgetown (Washington), señala la oposición del despotismo ilustrado a la difusión de las ideas del jesuita, ya muy extendidas entre todos los pensadores de su tiempo y entre los que después serían líderes de la independencia, personalidades como Caldas o Nariño.
Pero, antes de la fundación de las repúblicas, quienes primero defendieron la dignidad de los pobladores de América y sus derechos partieron del Convento de los dominicos de San Esteban. Allí puede visitarse el panteón de los teólogos, donde yacen Domingo de Soto y Francisco de Vitoria, entre otros. Alrededor de su claustro pasearían y pensarían figuras clave de la historia americana como Antonio de Montesinos o Bartolomé de las Casas. Por supuesto Colón pasó por allí y gracias a su Prior, Diego de Deza, consiguió el patrocinio de la reina Isabel la Católica.
Forma parte de nuestro deber como españoles, pensamos, recordar siempre esas figuras. Si no lo hacemos nosotros, no esperemos que se conozcan en el extranjero, aunque algunos estudiosos de otros países nos dan lecciones de memoria cuando reconocen la importancia de la Escuela de Salamanca (Scott, James Brown, 1928; Hanke, 1949; Marjorie Grice-Hutchinson, 1954; Joseph Schumpeter, 1954).
Hoy, sin duda, cuando tanto se discute el papel del Derecho internacional y el respeto a todas las personas, la trascendente aportación española al saber universal sigue siendo imprescindible, a uno y otro lado del Atlántico.
Frente a los lugares comunes sobre la revolución francesa o la inglesa anterior, los tópicos consolidados acerca del origen del parlamentarismo o el reconocimiento de los derechos humanos habrían de ser cuestionados, a nuestro juicio, porque obvian las aportaciones de nuestros antepasados. Ni los británicos ni los franceses han estado nunca interesados en recordarlos, aunque la literatura especializada sí reconoce estas fuentes y destaca las contribuciones de España al modelo político-jurídico explicativo del éxito de Occidente.
En la modernidad es anterior el pensamiento hispano al de otros autores. Así como Vitoria antecede a Grotius en la construcción de los principios del ius Gentium, también Suárez es previo a Locke en la defensa de la soberanía del pueblo y el poder limitado del monarca en aras del bien común (Suárez, 1967). Por supuesto, los españoles no fueron los primeros. Antes hubo otros sabios que sugirieron estas ideas, de Aristóteles a Cicerón, de Grecia a Roma. Y santo Tomás, el Doctor Angélico, que bebió de las mismas fuentes.
En línea con santo Tomás, Francisco Suárez, el Doctor Eximio afirmaba que nadie recibía la potestad civil de Dios, «y, por tanto, si esa potestad no está en alguna persona determinadamente, es necesario que exista en toda la comunidad» (De Legibus). La potestad se encuentra en la comunidad, pues, que decide la persona determinada a la que se la aplica. Tal principio resume los títulos de legitimidad, basada en el consentimiento del pueblo (Gómez Robledo, I, 1948).
El Tratado sobre las leyes de Suárez fue una obra ampliamente difundida por toda Europa. Tan controvertida y repudiada por los reyes, que Jacobo I pidió la ejecución del jesuita, cuyas tesis alarmaron también a la corona española. Recordemos que la Defensa de la fe (Defensio fidei) de Suárez es una obra crítica de la deriva anglicana. Tanto escándalo generó su interpretación de la política desde la teología que ninguna persona culta europea (ni americana) podía ignorar su nombre o los principales contenidos de esos polémicos libros.
Estas son las verdades evidentes fundacionales de los Estados Unidos: «que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobiernos se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios; y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad».
En su obra sobre Suárez, Luis Recasens, quien fue Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Salamanca antes de exiliarse en México tras la Guerra Civil, confronta la idea católica de limitación del poder civil con el luteranismo político, en el que se basaron los ideólogos de tendencia «más radicalmente conservadurista, imperialista y tradicionalista» (Op. cit. pág. 208). Autores como Federico Julio Stahl, representantes de esta corriente, atacaron siempre las voces de Suárez (y de Belarmino), considerándolas peligrosas para su visión de las relaciones entre Estado y personas.
El admirado Luis Recasens, padre de la principal escuela de filósofos del Derecho en Hispanoamérica, concluye su análisis con una frase reveladora para el asunto que nos ocupa: «El calvinismo aceptó, en cambio, la tendencia democrática de la escuela católica y la acentuó todavía mucho más». He aquí el resumen más preciso a nuestro juicio de la vía de influencia sobre la Declaración de Independencia.
La principal influencia de la Escuela de Salamanca sobre la Declaración de Independencia de los Estados Unidos es resultado de la capacidad de Francisco de Vitoria de reivindicar en las aulas y en sus relecciones a Tomás de Aquino, otro dominico de la Orden fundada en el siglo XIII por santo Domingo de Guzmán. Cuando el padre Vitoria decide fijar como libro de textos la Suma Teológica en Salamanca el año 1526 activa una revolución intelectual de primer orden.